Confuto, latín, "refutar, convencer, rebatir"
Confutación, "impugnación convincente de la opinión contraria"
(en el prólogo de la 1ª parte de El Quijote)

martes, 25 de febrero de 2014

EUROPA Y EL ISLAM - S. VIII

Una de las ideas centrales de la obra de Henry Pirenne, Las ciudades de la Edad Media (de la obra Las ciudades y las instituciones urbanas), es la que, con ocasión del empuje islámico sobre Occidente, provoca el derrumbe en poco tiempo de la sociedad hasta entonces vigente y su forma de entender el mundo, fuertemente enraizada sobre las bases de la Antigüedad. Es lo que Pirenne llama punto de ruptura, a partir del cual el orden tradicional de Europa sufre una desviación en su evolución histórica debido a la invasión musulmana.
La invasión del Islam (Oriente próximo, norte de África y España), tuvo un carácter de cataclismo y supuso el cierre del Mediterráneo en el s. VIII. Por supuesto no se produce una ruptura brusca con el pasado, puesto que la invasión fue detenida, salvo en España, y sólo una ocupación como la que tuvo lugar aquí hubiera podido borrar todo vestigio cultural, pero sí fue lo suficientemente importante como para que surgiera un nuevo orden autóctono, base de la Europa medieval.
Podemos decir que Europa, con anterioridad al siglo VIII, enraizada con la tradición romana, arrastraba, sin embargo, una existencia lánguida, producto del derrumbamiento del Imperio a cuya órbita pertenecía, y del establecimiento de nuevas unidades territoriales: los reinos germánicos. Estos pueblos germánicos no buscaban la destrucción del mundo romanizado, sino que codiciaban constituir sus propios Estados a orillas del Mediterráneo, generalmente aprovechando las estructuras sociales y culturales existentes, aunque, eso sí, destruyendo la estructura política romana. Así, en España se da la consolidación del reino visigodo, no sin grandes dificultades, durante 200 años, para ser borrada de golpe por la invasión en el 711. En el Reino de los francos (la mayor parte de Francia y Alemania actuales), también después de más de 200 años de luchas por el territorio y en disputa con la nobleza, la invasión musulmana fue detenida por Carlos Martel, Mayordomo del rey franco, en Poitiers en el 732.
Con anterioridad a la invasión musulmana, las ciudades y el comercio tampoco tenían la pujanza de otros tiempos, aunque debían su existencia a las relaciones entre el continente y el Imperio bizantino (la mitad oriental del Imperio romano aún en pie), a través del Mediterráneo. Por supuesto, las principales ciudades de Europa estaban en el sur, tanto por tradición como por proximidad a Bizancio, el nuevo foco que irradiaba civilización y atracción.

Coronación de Carlomagno

Con el cierre del Mediterráneo esta situación cambiará: Europa se quedará aislada. El centro de gravedad de la cultura, de la política y del comercio pasará del sur al norte. Cesa el comercio en torno a Marsella como puerta del Mediterráneo y subsiste en torno al Mar del Norte con las dimensiones que le son propias. Se cambia la dinastía franca: los carolingios (desde el 751, con Pipino, hijo de Carlos Martel, el vencedor de Poitiers) sustituyen a los merovingios. Con Carlomagno, hijo de Pipino,  se produce la casi unificación del “Imperio romano” de occidente, salvo algunas regiones, como la mayor parte de España, pero incorporando otras más allá del Rin. Carlomagno es nombrado Emperador Romano por el Papa. El centro de gravedad se traslada al norte, a orillas del Rin. El Imperio carolingio ya es continental, mientras que el merovingio aún era marítimo. El Mediterráneo es únicamente escenario de piratería, de razias y de saqueos. Se produce un breve renacimiento bajo la nueva dinastía, quizá debido a todas estas circunstancias cambiantes, con una aparente continuidad de la tradición imperial (los lazos con el Imperio bizantino estaban rotos) y cierto renacer de la cultura de corte clásico, y que acabará por hundirse definitivamente con el naufragio general de la economía y la desarticulación del Imperio a la muerte de Carlomagno. En efecto, la situación no puede ser más desastrosa: el poco comercio en el norte cae con las invasiones normandas; la reforma del sistema monetario, con el abandono del patrón oro, atestigua la desaparición de este metal de la Galia, signo inequívoco de la inexistencia de comercio internacional a gran escala, producto, a su vez, de la existencia de un Estado continental sin salidas; el comercio es insignificante y desaparecen la clase comerciante y la población urbana; la economía se vuelve esencialmente agrícola, desaparece el monetarismo por completo y la única fortuna consiste en bienes raíces; el único medio de producción, la tierra, y el trabajo, el rural. Nos encontramos con una economía doméstica, sin mercados.

Capilla palatina de Aquisgrán

Pero, el cierre del Mediterráneo también afectará de rebote al mundo islámico. La ausencia de flujos comerciales de ida y vuelta afectarán, igualmente, a las ciudades sirias. Después del primer siglo fulgurante de conquistas, la descomposición se hará notar. Y, así, se resentirá el Jalifato de Damasco y la dinastía omeya dará paso a la de los abásidas en el 750, que establecen la capital en Bagdad en el 762, nuevo centro de gravedad del comercio con Asia y Extremo Oriente. La Persia sasánida que había sido conquistada hacia el 640, concentrará ahora el poder del nuevo Jalifato. Resulta curiosísimo el paralelismo entre los inicios de las dinastías carolingia y abásida. Aquella comienza en el 751, asentándose en el norte de Europa, y llegando a su punto álgido con Carlomagno alrededor del 800. La abásida nacerá en el 750 y llegará a su punto culminante con Harun Al-Rashid (el jalifa de las Mil y una noches), también alrededor del 800.
                                         
En el terreno social y político, estos cambios en la economía tuvieron consecuencias drásticas y de largo alcance: por lo pronto, el colapso en la administración por no poderse pagar a una clase de funcionarios y no poder, consiguientemente, asegurarse su fidelidad. Esto dio lugar a la necesidad de encontrar funcionarios entre los que proporcionaran servicios gratuitos, solo posible en la aristocracia, porque aunque esos servicios no fueran remunerados, sí lo eran indirectamente, ya que se daba a esa aristocracia instrumentos de poder que ejercían en provecho propio. Y aquí reside, como causa inmediata, la descomposición del Estado franco: el haber dado instrumentos de poder o delegación de poder  a un grupo cuyo principal interés es la disminución de ese poder (esto puede considerarse una ley histórica). Este poder fragmentario, en una sociedad ruralizada, es el que dará lugar a la aparición de la Organización Señorial y del futuro Régimen Feudal. No se puede decir, sin embargo, que este estado de cosas sea enteramente nuevo, ya que existían con anterioridad estructuras sociales de parecidas características, producto de la descomposición del Mundo Antiguo, solo que ahora serán predominantes y generalizadas.
Así, pues, vemos que el desenlace, con la aparición de la Organización Señorial, de todo este proceso descrito, no es fruto de una evolución orgánica, sino de circunstancias exteriores. En otras palabras, que sin la invasión del Islam y sin el paulatino aislamiento del Estado franco, no hubiera sido posible la aparición generalizada del Régimen Señorial. Simplemente, la evolución “natural” de la Europa de aquel tiempo nos hace pensar, tal vez, en una prolongación indefinida de las condiciones de vida existentes, con más o menos altibajos, arrastrando Occidente una vida casi sin pulso, sin motor interno, hasta que otras condiciones externas hubieran dado lugar a otro punto de ruptura; o un relanzamiento general a partir de la consolidación de los reinos germánicos finalmente asentados. Pero las cosas ocurrieron de la forma descrita, el Islam no tuvo impulso para seguir expansionándose más en Occidente en el siglo VIII, pero fue suficiente para que Europa se encontrase en pleno siglo IX sumida en un estado total de desorden y anarquía.
                          
Ahora bien, todo estado de anarquía y desorden debe conducir y conduce a un nuevo orden, puesto que en un estado permanente de desorden la vida acaba por desaparecer, y si la vida continua es que el orden ha sido restablecido. Pero, un orden nuevo, no el anterior. Así, en lo económico, una economía de subsistencia; en lo productivo, una ruralización de la sociedad; y en lo social, un Régimen Señorial, con una sociedad estratificada a la cabeza de la cual se encuentra una clase de guerreros especializados. Y este nuevo orden fue lo suficientemente afortunado como para llegar al siglo X en medio de una estabilidad relativa. En primer lugar las amenaza externas son contenidas: a comienzos de siglo se detiene el avance de los escandinavos (se conforman con Normandía y se dedican a actividades comerciales después de su expansión por el norte de Europa y por las regiones eslavas) y de los eslavos en el Elba; y, a mediados de siglo, son contenidos los húngaros en el valle del Danubio. También hay que notar una cierta recuperación de la población europea, y, por fin, se alcanza una relativa paz en las guerras privadas que sostienen entre sí los Señores locales. Es ahora, en este estado de cosas, cuando empieza a notarse el resurgir de una nueva actividad comercial e industrial, que irá creciendo, al comienzo, lentamente, y luego, de forma casi incontenible, durante los siglos siguientes. Y, del mismo modo que la desaparición del comercio en el siglo VIII dio lugar a la caída del orden asentado, es el comercio el que, después de la aparición del nuevo orden, dará alas a la vida de Occidente y vivificará sus venas. No obstante, el nuevo crecimiento de la renovada sociedad europea solo será posible por la ausencia de enemigos poderosos a su alrededor: el Islam y Bizancio se encuentran en franca decadencia y no aparece en el horizonte ninguna potencia ni civilización amenazadora. Esto permitirá a un Occidente revitalizado, incluso las aventuras expansivas del siglo XII (Cruzadas).
                           
Se ha afirmado con anterioridad, sin más, que la causa de la recuperación del tejido vivo europeo fue el resurgimiento del comercio, pero es preciso hablar de sus características y las causas de su aparición. La nueva actividad comercial tiene posibilidad por la apertura de nuevas rutas comerciales. Aparece, pues, un nuevo agente externo, pero esta vez para favorecer un desarrollo de la sociedad europea medieval. Aunque ahora, sí parecen ser una evolución natural, solo que estimulada por factores exteriores. Por todas partes aparecen síntomas de un aumento del comercio y de prosperidad general. Y estos son dos factores recurrentes que, no olvidemos, se alimentan mutuamente.
Dos son los focos en torno a los cuales hay una cristalización de la actividad comercial: Venecia y el Mar del Norte. En el primer caso, esta ciudad, que estaba dentro de la órbita bizantina, se constituyó en una pieza importante del engranaje del comercio del Mediterráneo oriental (en manos bizantinas), y en el suministro a la metrópoli de materias primas. La influencia de Venecia se hizo notar en su entorno, y, en concreto, en la llanura del Po, donde pronto otros focos comerciales empezarían a surgir. En el segundo caso, el impulso lo darían los escandinavos: son estos los que, expandiéndose por el Mar del Norte y, sobre todo, por la ruta del Dnieper, en tierras eslavas, hasta el Mar Negro, y por la ruta del Volga hasta el Mar Caspio, crearían el Reino de Rusia, con capital en Kiev (los eslavos llamaban rusos a los escandinavos), y canalizarían el comercio bizantino y árabe hasta el Mar del Norte, en el que pronto surgiría un poderoso centro comercial y más tarde industrial en Flandes, lugar estratégicamente situado. De manera que, poco a poco, estas dos zonas de progreso económico, el norte de Italia y Flandes, irán extendiendo su influencia sobre el resto del  continente. En el siglo XI se produce la ruptura de la vía comercial rusa debido a la invasión de los pechenegos, pero las ciudades italianas ya habían conseguido romper la hegemonía árabe en el Mediterráneo occidental, y Occidente ya pudo lanzarse a la ofensiva: al finalizar el siglo se produce la 1ª Cruzada.
Tapiz de Bayeux
El aumento del comercio y de la industria corre paralelo a la creación de las ciudades. Al comenzar la época carolingia, éstas no existen propiamente ya que los núcleos que pudieran llamarse así, carecen de población burguesa y organización municipal. Son, eso sí, ciudades episcopales, ya que subsisten como circunscripciones diocesanas en las antiguas ciudades romanas. Son estas ciudades episcopales y las fortalezas (burgos) que crearon en el siglo IX los condes territoriales, las que servirán, según sus valores estratégicos y de comunicación, andando el tiempo, como puntos de cristalización alrededor de los cuales se formarán las verdaderas ciudades. Y la creación de las ciudades y de la nueva clase social, los burgueses y sus instituciones, serán las que vayan minando paralelamente el sistema señorial o feudal. El campo irá cada vez más orientándose hacia las ciudades y se creará una nueva relación de dependencia entre burgueses y campesinos, introduciéndose una nueva concepción del trabajo, andando el tiempo, de servil a libre.
Es pues, razonable pensar, que sin el cierre del Mediterráneo por la invasión islámica, Occidente hubiera podido ahorrarse unos cuantos siglos antes de despegar como civilización autónoma, una vez renovado el Imperio romano decadente por la aportación de la sangre nueva de los bárbaros del norte, y su centro de gravedad estaría más al sur y menos girado hacia el mundo anglo-sajón. Se podría argüir, por el contrario, la importancia de la aportación de la cultura árabe en Occidente, como es lugar común, pero hay que pensar que la cultura árabe de los primeros tiempos es vicaria, deudora de la de los Imperios bizantino y persa a los que conquistó. Eso sí, con la forma alterada por la imposición del árabe, única lengua del Corán, la nueva religión, y por la mentalidad esencial de los habitantes del desierto.

martes, 11 de febrero de 2014

SATURNALES

Tiempos de Navidad y Año Nuevo. Tiempos de simbolismo y grandes esperanzas. Y también de grandes desilusiones y frustraciones. Esperanzas de regeneración y reconciliación con el mundo y con los semejantes. La frase Año nuevo, vida nueva es (o era) algo más que una frase. Y de desilusiones, por no haberse, a menudo, satisfecho ese anhelo de renovación temporal y de comienzo de una nueva existencia que padecen amplias capas de urbanitas de las sociedades occidentales modernas, por motivos que se tratarán de explicar.
La regeneración del tiempo es algo habitual en la observación de los mitos y costumbres de las culturas y civilizaciones. Por todas partes existe una concepción del comienzo y fin de un periodo temporal fundado en la observación de los ritmos bio-cósmicos. Las ceremonias periódicas que hacen referencia a esa regeneración se encuadran por lo general en las purificaciones periódicas, esto es, la expulsión anual de los demonios, enfermedades y pecados, y en el de la regeneración periódica de la vida, los rituales de los días que preceden y rigen al año nuevo. El año nuevo es un corte en el tiempo. Una tentativa de abolición del tiempo transcurrido y de restauración del tiempo mítico y primordial del instante de la creación. Los rituales asociados podrían contemplarse como un intento de acabar con las formas ya existentes y gastadas por el hecho de su propia duración y dar lugar al nacimiento de formas nuevas.
¿Cuál es en el fondo el principio del simbolismo de la regeneración periódica? Habría que acudir, sin duda, a la regeneración de la naturaleza para encontrar su fundamento. En efecto, existe una relación muy estrecha del hombre con los fenómenos naturales y de regeneración de la naturaleza de la que depende su supervivencia, como el paso de las estaciones asociado al nacimiento de animales y plantas en general, y asociados, a su vez, con la actividad humana agraria, con la recolección y el pastoreo. Por otro lado, el hombre, como ser natural, está sometido, él mismo, a los ritmos biológicos, como los demás seres vivos. La asociación de la regeneración de la naturaleza con los movimientos periódicos de los astros es inmediata. No es difícil ver, pues, en esta periodicidad y sus fenómenos asociados el origen del simbolismo de la regeneración.

                                              
Dejando al margen el simbolismo de las fases lunares, tan importante en tantos mitos de muerte y resurrección, fertilidad, regeneración e iniciación, es el Sol, con los movimientos periódicos de la Tierra a su alrededor, el que marca, principalmente, los ciclos de regeneración anuales. Algunos conceptos son necesarios para la comprensión del fenómeno: la eclíptica  es la línea que recorre la tierra alrededor del sol, pero que vista desde la tierra es la línea curva que recorre el sol alrededor de la Tierra en su «movimiento aparente»; el plano de la eclíptica contiene a la órbita de la Tierra alrededor del Sol y, en consecuencia, también al recorrido anual aparente del Sol observado desde la Tierra; ahora bien, el eje de rotación de la tierra está inclinado con relación al plano de la eclíptica, de modo que el ángulo que forma ese plano con el del ecuador terrestre es de 23° 27'. La consecuencia es que la eclíptica “sube” y “baja” con respecto al horizonte según la época del año (el sol visto desde la Tierra se mueve hacia el norte y el sur). La conjunción de la inclinación de los rayos del sol y de la variación de las horas de luz diarias nos marcan las estaciones del año. En el hemisferio norte, la posición más baja de la eclíptica se llama solsticio de invierno (el sol alcanza el cenit al mediodía sobre el Trópico de Capricornio), el 21-22 de diciembre, y se registra el día más corto y la noche más larga del año; mientras que en el solsticio de verano, el 20-21 de junio, la eclíptica se encuentra en la posición más alta y se registra el día más largo y la noche más corta. En el hemisferio sur es al revés. Se denominan equinoccios a los puntos en los que los dos polos están a igual distancia del sol y la duración de los días y noches se iguala (20 de marzo y 22 de septiembre).
                                                       

Pero, el fenómeno que nos interesa aquí es el solsticio de invierno en el hemisferio norte. Es el comienzo oficial del invierno, aunque pueda considerarse a veces la mitad del periodo invernal, ya que a partir de él el Sol comienza a “renacer”, fenómeno detectado hasta en el período neolítico, ya que muchos monumentos megalíticos están alineados con el nacimiento o la puesta del Sol durante el solsticio de invierno (Stonehenge). Esta fecha era importante porque marcaba un periodo de escasez por delante, de meses de hambruna, y la mayoría de los animales eran sacrificados para no tener que ser alimentados durante el invierno y disponer de carne en lo sucesivo. Después de la cosecha anual, el vino o la cerveza estaban finalmente fermentados y listos para beber a partir de ese momento. El apareamiento de los animales y la siembra de los cultivos ya se había producido. El significado o interpretación de este evento ha variado en las distintas culturas del mundo, pero la mayoría de ellas lo reconoce como un período de renovación y renacimiento, que conlleva todo tipo de rituales y celebraciones en mitad del invierno en la noche más larga del año. Celebraciones de brillante iluminación, fuegos artificiales, flores y bailes y cánticos como terapias culturales para arrinconar el malestar, reavivar el espíritu y reiniciar el reloj interno.

Stonehenge

Dado que el evento es visto como la inversión del retroceso de la presencia solar en el cielo, se ha celebrado por las distintas culturas el renacimiento del año en lo que se refiere a la vida-muerte-renacimiento de las deidades (dioses solares), así como el uso de calendarios cíclicos basados en el solsticio de invierno. En Japón la diosa solar Amaterasu, la diosa del Sol en el Sintoísmo y antepasada de la Familia Imperial del Japón según dicha religión, desde su reclusión en una cueva el Sol no salía y el mundo se cubrió de tinieblas, los campos morían y el mundo se helaba. Convencida Amaterasu para salir, mediante tretas por los otros dioses, la luz solar regresa de vuelta al Universo. Además se  celebra réquiem por los muertos durante la noche, a la espera de la salida del sol. El Festival Dongzhi del Solsticio de Invierno era uno de los más importantes festivales celebrados por los chinos y otros asiáticos orientales alrededor del 21 de diciembre. Después de esta celebración, se sucedían los días con más horas de luz natural y, por tanto, según su expresión, un aumento de “la energía positiva que fluye”. Tradicionalmente, el Festival Dongzhi es también un tiempo para la reunión de la familia en largas comidas, simbolizando la unidad familiar y la prosperidad. En la antigua Persia, en la noche más larga del año, se supone que Ahriman, el principio del mal, está en la cima de su fuerza. El día siguiente, conocido como el día del Sol, pertenece al dios Ahura Mazda. Desde que los días son cada vez más largos que las noches, este día marca la victoria del Sol sobre la oscuridad. En todas partes (nórdicos, eslavos, kurdos, lapones, celtas, bálticos, iranios y hasta hindúes) se celebraban, y aún celebran, fiestas del solsticio similares.

Amaterasu

En la antigua Roma, y en torno al solsticio de invierno, se celebraba la festividad de las Saturnales, a la luz de velas y antorchas, en honor de Saturno, divinidad agrícola protectora de sembrados y cosechas. Equivalía también al celebrado Cronos por los griegos, que estuvo en activo durante la mítica Edad de Oro de la Tierra, antes de ser destronado por Zeus, cuando los hombres vivían felices, sin separaciones sociales. Probablemente las Saturnales fueran las fiestas de la finalización de los trabajos del campo, celebrada tras la conclusión de la siembra de invierno, cuando el ritmo de las estaciones dejaba tiempo para el descanso. Este dios tenía un templo en el Foro, depositario del Tesoro Público, como signo de prosperidad. Allí su estatua imponente, blandiendo una hoz en la mano, sufría cautividad, pues una cinta de lana, simbólicamente, rodeaba el pedestal de la estatua para impedir que abandonase la ciudad y la privase de su protección. Sólo al llegar las Saturnales quedaba libre de ataduras. Esta liberación simbolizaba la reanudación del ciclo de la vida después de su cautiverio temporal. La fiesta se celebraba el 17 de diciembre, día en que los senadores y los caballeros romanos, vestidos con sus togas ceremoniales, ofrendaban al dios un gran sacrificio, seguido de un banquete público que culminaba con el grito de Io, Saturnalia! Pero con Julio César se prolongaron las Saturnales hasta el día 19. Augusto y Calígula, añadieron sendos días, y con Domiciano se amplió hasta el 23 de diciembre. También se homenajeaba a los generales romanos que habían triunfado en exitosas campañas militares.

Alma-Tadema, Ave Caesar, Io, Saturnalia!, 1880

Eran fiestas consagradas especialmente al jolgorio y la convivencia. Siete días de bulliciosas diversiones y banquetes. Se decoraban las casas con plantas y se visitaban a amigos y familiares, con intercambio de regalos. Era habitual regalarse saquitos de nueces, velas  o pequeños muñecos de arcilla. Se suspendían numerosas actividades públicas: la escuela, el Senado y los tribunales de justicia; se liberaba a los prisioneros, que depositaban, como ex-votos, las cadenas en el templo de Saturno; y hasta se aplazaba la ejecución de las penas capitales. Eran fiestas de gran permisividad, pues muchas prohibiciones durante el año se anulaban en las Saturnales. Se reanudaban los juegos de azar y apuestas, totalmente prohibidos durante el resto del año, incluso para los esclavos. Pero, lo más notable era la inversión social que significaba el intercambio de papeles entre amos y esclavos. Éstos vestían las ropas de sus señores, que les servían en la mesa, disfrutaban de tiempo libre y estaban exentos de castigo. Podían tratar con desprecio a sus amos y hasta jugar a los dados con ellos.

                            

En el 45 a.C., con el calendario juliano, se fijó el 25 de diciembre como el solsticio de invierno. Y en este día Aureliano introdujo (274 d.C.) el culto del Deus Sol Invictus, de origen sirio, el día del nacimiento de todas las divinidades solares orientales, en especial el de Mitra (religión mistérica expandida por los legionarios por todo el imperio romano). Se había comprendido la importancia de una teología de estructura solar monoteísta para la unidad del Imperio. El mismo Constantino fue adepto del culto solar antes de convertirse al cristianismo. Este monoteísmo solar, cuyo culto había estado precedido por las fiestas en honor de Saturno, allanó el camino al Cristianismo para establecer la fecha del natalicio de Cristo y, de paso, acabar con las antiguas celebraciones, no sin grandes dificultades. Para un creyente cristiano, no debería haber conflicto en aceptar la escasa probabilidad de que Cristo naciera un 25 de diciembre, ya que puede celebrar simbólicamente su nacimiento en esa fecha. Debido al retraso del calendario con el tiempo, la reforma gregoriana de 1582 situó el solsticio de invierno en el 21 de diciembre y el Año Nuevo en el 1 de enero, aunque sin aceptación por los cristianos protestantes. Gradualmente las costumbres paganas más permisivas pasaron al día de Año Nuevo, mientras que las de carácter religioso e íntimo, permanecieron aferradas en torno al 25  de diciembre, en tiempos día del solsticio, ahora día de Navidad, en el que los cristianos, como los paganos antes, se afanaban en compartir la alegría, aumentar la hacienda y cumplir con los regalos, a la vez que se entregaban a opíparas mesas. La celebración de la Epifanía en algunos lugares no es más que la extensión de la misma festividad.


                                             

En la actualidad la separación no es nítida, ya que perviven y aún se resucitan tradiciones folclóricas, no estrictamente religiosas, neopaganas a veces, centradas en el 24 y 25 de diciembre. Estas reuniones son apreciadas por la comodidad emocional, sobre todo en poblaciones más al norte en el hemisferio. Los efectos de depresión psicológica del invierno, del frío, cansancio e inactividad, y de los días sin sol, se revierten con las fiestas, las luces y el aumento de la luz solar. Aunque en el presente los festejos (en general) en torno a estas fechas sean herederos directos de las Saturnales romanas, se puede decir que los motivos, ahora, están completamente desvirtuados con relación al pasado.

Es lugar común entre los pensadores de todo tipo que, desde la modernidad el hombre occidental ha sufrido una escisión, un hombre desgarrado que no puede resolver las contradicciones ni superar la tensión de un tiempo que pregona un progreso infinito que le otorgará felicidad, y pierde su ilusión cuando descubre que ni el progreso ni la técnica cumplen con esa promesa. La discusión de lo anterior sería infinita, pero por centrarse en algo concreto, hoy en día, y desde el advenimiento de la revolución industrial, el hombre moderno ha perdido, cada vez más, el contacto con la naturaleza:  habitante de macro ciudades en las que la percepción de los ciclos naturales y la reproducción de plantas y animales ha perdido su significado; la luz artificial ha suplantado a la luz solar y se vive tanto de noche como de día; los festejos se suceden profusamente a lo largo del año, correspondan a hitos naturales o no, como las vacaciones prolongadas; las familias se han transformado y perdido su cohesión (al menos en Occidente); los individuos solitarios, sin descendencia, sin lazos familiares, empiezan a ser mayoría; las familias desunidas o desestructuradas; la escasa descendencia; el hombre irreligioso en suma, han convertido estos festejos en unas actividades compulsivas, de consumo, de diversión, que, como tal compulsión, deja al individuo insatisfecho y agotado emocionalmente. Tal vez sea esa la razón de la cada vez mayor aversión a este tipo de fiestas en un número cada vez mayor de personas: el sentimiento de que no son sus fiestas. El Año Nuevo, vida nueva, se ha convertido, así, de tener un significado, en una frase hueca y carente de él.

jueves, 9 de enero de 2014

ALPES SUIZOS

Los Alpes ocupan más de la mitad sur de Suiza, orientados sudoeste-noreste y divididos longitudinalmente por los valles del Ródano y del Rin, que nacen en el macizo del Paso Furka en el centro de dichos Alpes; el Ródano, separando los Alpes berneses de los peninos, corre hacia el sudoeste (lago Leman, Ginebra) y entra en Francia para ir a desembocar en el Mediterráneo, y el Rin, que separa los Alpes glaroneses de los lepontinos, corre en sentido contrario y, después de describir un gran arco hacia el norte, forma frontera con Austria y Alemania, alcanza Basilea y penetra en Alemania para seguir a su desembocadura en el mar del Norte. Otro gran río es el Aare, que, naciendo en las inmediaciones de los anteriores, se dirige hacia el norte pasando por Berna, y después de recorrer la meseta de la mitad norte de Suiza, desemboca en el Rin antes de que éste la deje definitivamente. Las principales elevaciones se encuentran en los Alpes berneses con 8 cumbres de más de 4000 m, y al sur de estos, los Alpes peninos, que forman frontera con Italia, con 41 cumbres con más de 4000 m.

   

En esta geografía descrita grosso modo se puede decir que nació el turismo moderno. En 2013 se cumplieron 150 años del primer tour organizado de la historia a los Alpes por iniciativa de Thomas Cook. Con ello se hizo posible que las clases medias surgidas con la Revolución Industrial, pero con tiempo y dinero limitados y sed de experiencias nuevas, fueran y regresaran a casa para reanudar sus obligaciones laborales. La fórmula se ha mantenido invariable desde entonces, por lo que puede decirse que fue el inicio de lo que llamamos turismo de masas. El grupo de turistas alcanzó la cumbre del Rigi (tal vez la montaña favorita de Suiza por la vista de la línea de los Alpes y la región central) a pie desde la localidad de Weggis, en el lago de Lucerna, hoy accesible mediante un teleférico y el primer ferrocarril de montaña de Europa, inaugurado éste 8 años después de la efemérides. Una viajera de las participantes anotó en su diario:

“La vastedad del panorama era poderosa y sublime… En silencio contemplamos el cinturón dentado de las cumbres mientras despertaba el día sobre las 300 millas de montes, valles, lagos y pueblos que abarcaba nuestra vista”.

Subida al monte Pilatus en Lucerna

Hasta entonces los viajes se hacían aisladamente, por razones concretas o en la tradición del Grand Tour (los viajes del XVIII por Europa emprendidos principalmente por los retoños de la aristocracia inglesa), que podían durar meses y aún años, en busca sobre todo del sol de Italia y de las antigüedades y ruinas greco-romanas (Viaje a Italia de Goethe). Por fin la nueva clase burguesa adinerada podía imitar a dichos viajeros, pero ¿porqué los Alpes suizos? Un viajero por los Alpes del siglo XVIII los había descrito como inhóspitos, incómodos de atravesar, improductivos, atemorizantes por las fuerzas ciegas de la naturaleza. Escenario muy alejado de lo que se consideraba en esa época una naturaleza apreciada por su belleza amable y domeñada, escultórica. De manera que no sólo se habían producido cambios sociales y económicos, sino un cambio de mentalidad que encontraba emoción estética en lo que con anterioridad solo era aversión. Y Suiza seguía siendo un país de campesinos pobres, cuyo único atractivo era, ahora, su paisaje y su pintoresquismo.



¿Qué había producido ese cambio de mentalidad? Europa había atravesado un cuarto de siglo de guerras y convulsiones sociales, desde la Revolución francesa hasta el fin de las guerras napoleónicas en 1815. Es el momento del Romanticismo, la tendencia que sigue al Clasicismo y que se puede distinguir como el predominio del sentimiento sobre la razón, mientras que en el Clasicismo la razón predomina sobre el sentimiento. En gran medida es una reacción contra las ideas imperantes en el siglo anterior que habían dado lugar a tantos desastres, aunque hunde en él sus raíces. Ya Rousseau había afirmado que “el sentimiento cuenta más que la razón”. Goya, racionalista, parece vacilar en sus aguafuertes y, en concreto, en su El sueño de la razón produce monstruos. Hölderlin diría “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona” y, “Siempre que el  hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno”. En el Romanticismo se revolucionarán los gustos del siglo anterior. Ya no se considerará a la religión y a la arquitectura de siglos pasados como reliquias de tiempos supersticiosos y bárbaros (Voltaire), sino que se volverá a la religión y al gótico como expresión de anhelo cósmico, a las ruinas góticas en lugar de las greco-romanas, a las leyendas medievales y a la naturaleza.

Caspar D. Friedrich
El cementerio de la abadía bajo la nieve, 1819

En la frase reproducida de la viajera mencionada al principio, se encuentra la palabra sublime. En el Romanticismo se generaliza el uso del concepto de lo Sublime como categoría estética frente a lo Bello del siglo de la razón, aunque dicho concepto hunda sus raíces en siglos anteriores, empezando por la obra Sobre lo sublime del retórico griego Longino (siglo I ?): lo sublime sería una elevación o excelencia en el lenguaje, una grandeza que muestra los poderes del orador capaz de llevar al espectador a un éxtasis, un entusiasmo y un punto más allá de su racionalidad. El concepto se redescubre en los siglos XVI y XVII, también con sentido retórico, como lo que eleva, rapta, transporta y se dirige al sentimiento más que a la razón. Pero fueron los ingleses de comienzos del XVIII, los que ampliaron el concepto de lo sublime de lo retórico a lo general, trasladándolo del lenguaje a la imagen, relacionando la belleza con la pasión y, por tanto, con la imaginación, la grandeza y la singularidad. Fue Burke quien describió lo sublime como un temor controlado que atrae al alma, presente en cualidades como la inmensidad, el infinito, el vacío, la soledad, el silencio; un temor y un asombro sin peligro; en suma, la atracción del abismo que implica un placer estético frente al amor sin deseo de lo Bello. También Kant investigó el concepto de lo sublime (Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime y Crítica del juicio, 1790), definiéndolo como lo que es absolutamente grande o sólo comparable a sí mismo, lo cual vendría a sobrepasar al contemplador causándole una sensación de displacer, dándose únicamente en la naturaleza ante la contemplación acongojante de algo cuya medida sobrepasa nuestras capacidades. Para lo que la belleza es forma, finito y limitado, para lo sublime es informe, infinitud. Más tarde  Schiller (Sobre lo sublime, 1801) y Schopenhauer (El mundo como voluntad y representación) también teorizarán sobre lo mismo.

Turner. Aníbal cruzando los Alpes

El siglo XIX se puede denominar el siglo del Naturalismo o, con más propiedad, el siglo de la naturaleza, y el arte del paisaje se torna completamente independiente, sin figuras ni elementos moralizantes como el siglo clasicista anterior, en los que la idea básica que domina todo el arte y también la pintura paisajista son los aspectos arquitectónicos y escultóricos de la naturaleza, el paisaje sereno, ordenado, así como los aspectos heroicos, arcádicos o idílicos, un reflejo de la grandeza del ser humano en confrontación con la Naturaleza. Pero, en el Romanticismo las montañas habían ido tomando el puesto de las llanuras como motivos principales de la pintura. El elemento más constitutivo del paisaje romántico es lo infinito, lo inmensurable, mientras en el Clasicismo ese sentimiento estuvo disciplinado y limitado. En el paisaje romántico se intenta representar la grandeza, la expansión y la inmensidad de los elementos hallados en la naturaleza: es una actitud nueva del género humano, más activa frente a las cosas espirituales, y el ser humano es relegado a un papel puramente contemplativo, con lo que se hace más perceptible la voz de la naturaleza y, sobre todo, el silencio de ésta. Se podría hablar de una religión de la Naturaleza.

Así, pues, los Alpes suizos se posicionarían principalmente como escenario de la nueva mentalidad, por sus paisajes abiertos e infinitos, con sus bosques de altos abetos escalando murallas rocosas sobre valles profundos, sus cascadas despeñándose desde cientos de metros y, más arriba, infinitas montañas cubiertas de nieve con sus picos perforando las nubes. Un paisaje gótico, llamado así por el predomino de líneas verticales sobre las horizontales. Los artistas acertarían a hacer patente en sus obras el espíritu de los tiempos (Zeitgeist). Exponente del nuevo arte es el pintor alemán Caspar David Friedrich, caracterizado por nieblas a orillas del mar, bancos de nubes al atardecer, crepúsculos en montañas y bosques, brumas invernales, pero todo en un marco de tristeza dentro del drama del silencio que pesa sobre el alma. Triste como la  música de Schubert. Pero capaz de responder al anhelo romántico de abarcar el universo que Novalis proclamó: “el alma individual debe adquirir una armonía con el alma del mundo”.

Caspar D. Friedrich.
Caminante sobre un mar de nubes.

El alpinismo, palabra derivada de Alpes, como es obvio, también surgió y evolucionó de forma simultánea a los procesos de cambio de mentalidad ya descritos, pero dando el salto de la contemplación al peligro, a la inmersión en el anhelo de contemplar el mundo desde lo inaccesible. Ya en 1786 se había escalado el Mont Blanc, pero, en Suiza, curiosamente en 1865, dos años después del mencionado tour a la cima del Rigi, se acomete la ascensión del Matterhorn (Cervino), desde Zermatt, por una expedición formada por tres ingleses, un guía de Chamonix, otro inglés que ya había intentado la ascensión varias veces y dos guías de Zermatt. Consiguieron alcanzar la cumbre sin saber que otra expedición dirigida por un famoso guía local, Carrel, atacaba la cima desde el lado italiano. Al volver, una caída de uno de los ingleses arrastró a sus otros dos compatriotas y a un guía, rompiéndose la cuerda de seguridad y despeñándose los cuatro a más de 1200 metros, bajo la mirada impotente de sus compañeros. La expedición de Carrel, por su parte, alcanzó la cumbre tres días más tarde. Sorprende la comparación entre los medios de escalada rudimentarios de los que disponían aquellos pioneros y los de los modernos alpinistas.

Matterhorn (Cervino)

La Suiza moderna no era ni siquiera soñada entonces. Incluso se pudiera pensar que la existencia de la propia Suiza se debió a las condiciones geográficas poco atractivas para los Imperios circundantes. Entonces no existía ni la gran industria relojera, ni los quesos, ni la industria farmacéutica, ni la pesada, ni la financiera, ni sus grandes ciudades. Pero, que duda cabe que el turismo y los nuevos medios de comunicación hicieron de Suiza lo que es: un destino imprescindible para los que visitan Europa desde otras partes del mundo, ansiosos de contemplar sus paisajes mitificados. Turismo también diversificado: paisajístico, de senderismo, de montañismo y alpinismo en verano, y de esquí en invierno, ayudado por un sinfín de medios diferentes de transporte: trenes convencionales, de cremallera, funiculares, remontes de todas clases como teleféricos, telecabinas, telesillas … Medios de transporte orgullosos de batir marcas, como el funicular más empinado del mundo en el Monte Pilatos en Lucerna, o el célebre ferrocarril de la Jungfrau, concluido épicamente en 1912, que reptando por la pared norte del Eiger y del Mönch, medio en túnel medio a la intemperie, alcanza la estación más alta de Europa a 3454 m al pie del Jungfrau, y salva un desnivel de 1393 m en un trayecto de 9,3 km.

Itinerario de la Jungfrau hasta Jungfraujoch (línea negra)

Los Alpes suizos tienen principalmente dos localidades que concentran a los visitantes atraídos por las mayores cumbres de la cordillera. Una es Interlaken, al pie de los Alpes berneses en su cara norte, atravesada por el río Aare, desde la que se contemplan picos como el Finsteraarhorn (4275 m), el Aletschhorn (4182 m), el Eiger (3975 m) o el mítico Jungfrau (4166 m). Otra es Zermatt, en un valle al pie del macizo que forma frontera con Italia, con cumbres como el Monte Rosa (4634 m), el Weisshorn (4515 m), el Matterhorn o Cervino (4477 m) o el Grand Combin (4314 m). Otras localidades en los Alpes réticos son también famosas por otros motivos, como Davos, inmortalizada por Thomas Mann en su Montaña mágica, y hoy también conocida por sus “cumbres” de jefes de Estado; o Saint Moritz, famosa estación de esquí, ambas en el extremo oriental de los Alpes suizos.

Espectaculares visiones proporcionan la Garganta del Aare, de paredes verticales impresionantes, de 200 m de profundidad, cavada por el Aare a medio camino entre Interlaken y su nacimiento cercano al Paso Furka. Desde éste se puede admirar el glaciar donde nace el Ródano y el valle donde nace el Rin. Más espectacular es la visión del Glaciar de Aletsch, situado en la cara sur del macizo del Jungfrau, el más grande de los Alpes con 23 km de longitud y declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Imponente resulta la cascada de Trümmelbach, cuyas aguas procedentes del Eiger, el Mönch y el Jungfrau perforan la roca verticalmente, creando por erosión un tubo irregular de unos 140 m, por el que se despeñan con ruido ensordecedor.

Glaciar de Aletsch

Otro lugar de cierto interés, por sus reminiscencias literarias, es la cascada del Reichenbach, tributario del Aare, de 120 m de altura y accesible con un funicular. Es famosa porque en ella situó Conan Doyle la lucha de Sherlock Holmes con su archienemigo Moriarty, despeñándose ambos y desapareciendo tragados por el torrente. Parece ser que Doyle estaba cansado de su personaje, pero debido a la presión de sus lectores y de sus editores, decide resucitarlo. En otra historia posterior el único despeñado es Moriarty y Sherlock sigue con sus aventuras. No parece que tuviese Conan Doyle muchos escrúpulos en resucitar a Sherlock Holmes ya que era un ferviente espiritista, dedicado a las investigaciones “psíquicas”. Sobre todo después de la muerte del hijo en la Gran Guerra. Doyle afirmaba haber hablado con él y con otros familiares fallecidos en sesiones con médiums. Es sorprendente la credulidad de una persona inteligente, médico culto, capaz de crear un personaje maestro en la observación, la inferencia y la deducción, pero en una época en que abundaban los magos ilusionistas, como Houdini, y cuyos trucos y efectos contribuían al fraude de las sesiones espiritistas. Ejemplo de acomodo mental a las ideas imperantes de su época.      

Cascada de Reichenbach
     
 
Sherlock Holmes
luchando contra Moriarty

Doscientos años después de los primeros viajeros románticos, constatamos que el llamado turismo de masas se ha enseñoreado de Suiza y la huella humana sobre el territorio es algo más que palpable: carreteras y ferrocarriles en medio de una naturaleza domesticada, líneas de alta tensión que saltan valles profundos, remontes de todo tipo que cruzan el paisaje en todas direcciones, miríadas de nuevas casas de madera salpicando las laderas verdes del fondo de los valles… Apenas hay campo visual libre de obstáculos salvo que el ojo se eleve lo más cerca de las cumbres. Hace falta un gran esfuerzo de abstracción para obtener una visión menos contaminada. Y todo en medio de multitudes de turistas de todo el planeta, destacando los asiáticos, chinos, japoneses, coreanos e indios, pululando en tiendas de relojes y navajas suizas, ropa deportiva y souvenirs carentes de gracia. Como en cualquier atracción de renombre en cualquier lugar del mundo. Es el signo de los tiempos.

sábado, 16 de noviembre de 2013

CATALUÑA

No le ha ido nada mal a Cataluña formar parte de España. Para justificar la anterior afirmación, forzoso es remontarse a la época de la unión de las coronas de Castilla y Aragón. Aragón terminó antes su expansión peninsular a costa de territorios en poder de los musulmanes, dedicándose desde entonces a extender con gran éxito su actividad comercial por el Mediterráneo y a la adquisición de nuevos territorios, como Sicilia y Nápoles. No así Castilla, enfrascada en guerras sucesorias y en lucha contras los moros por los últimos territorios que quedaban en sus manos. El sistema político del Reino de Aragón estaba más evolucionado, formando los cuatro Reinos que lo constituían, Aragón, Cataluña, Valencia y Baleares una especie de Confederación con sus Instituciones propias y un mayor equilibrio entre el Monarca y los estamentos (nobleza, clero y clases altas). Su mayor proyección se produjo en el siglo XIV, destacándose Cataluña por su mayor población y su fachada marítima. Pero, esta situación cambia radicalmente en el siglo siguiente. Cataluña, que había sido el motor de la pujanza del reino aragonés, entra en una decadencia de recesión económica y convulsión social, que llevará, finalmente, junto con las dificultades políticas de los reyes aragoneses, a la unión de las dos coronas principales de la Península (1479), a pesar de sus trayectorias e intereses divergentes. Esa decadencia y esas dificultades tienen múltiples causas, sin las cuales no se habrían dado las condiciones para tal unión, con independencia de las voluntades particulares de Isabel y Fernando y de múltiples intereses en juego. Veamos cuales son esas causas:

1º La Peste Negra europea fue especialmente dura en Cataluña, con oleadas entre 1347-51, 1362-63, 1371 y 1396-97 y periódicamente durante el s. XV, diezmando su población. Sus 430.000 habitantes de 1365 se vieron reducidos a 278.000 hacia 1497.

2º Una consecuencia de la anterior despoblación fue la crisis del campo. Con una mano de obra escasa y tierras abandonadas, se produjo el choque entre el campesinado y los terratenientes. Unos, por la posesión de tierras que les llevarían a la emancipación de una servidumbre legal, y otros por afianzar sus derechos tradicionales sobre los vasallos. Los levantamientos armados, incendios y asesinatos fueron una constante por parte de esos campesinos vinculados a la tierra (payeses de remença), dándose en la práctica una permanente guerra civil.

3º Una crisis financiera sacudió la Barcelona de finales del XIV, registrándose espectaculares quiebras, entre 1381 y 1383, de los principales bancos privados. La ausencia de capitales propició la irrupción de los financieros italianos como principales banqueros de los reyes de Aragón, y Génova se convirtió en el principal centro financiero del Mediterráneo occidental, arrebatando a Cataluña el control del comercio de las especias, tejidos y granos, y, además, pasó a ser la llave de las exportaciones de lana castellanas a través de los puertos del sur de Castilla.

4º El comercio del Principado comenzó a hundirse hacia 1450, coincidiendo con el recrudecimiento de las convulsiones rurales y con las divergencias entre las clases altas y el rey, que, desde su corte napolitana pedía cada vez más dinero. El poder efectivo fue cayendo cada vez más en manos de la Generalitat, instrumento de una oligarquía cerrada, y a su vez, puesta en entredicho por las clases inferiores. Aparte de las luchas del campesinado contra las clases privilegiadas, otros empezaron a disputarse el poder en las ciudades. En Barcelona existía una lucha feroz entre dos partidos, la Biga y la Busca. El primero era el partido de la oligarquía urbana de rentistas y grandes comerciantes, y el segundo, estaba formado por tejedores, pequeños comerciantes y artesanos. El conflicto, con el rey de por medio, interviniendo con unos y con otros, y envenenándose con problemas sucesorios, terminó en la guerra civil de 1462-72: una guerra entre la monarquía y la clase dirigente, de la Busca contra la Biga, de los campesinos contra sus señores, y de las familias rivales entre sí por el control del Principado.

5º El conflicto civil se internacionalizó, ofreciendo la Generalitat la corona, sucesivamente, a Enrique IV de Castilla, al Condestable de Portugal y a Renato de Anjou. Luis XI de Francia aprovechó la ocasión y se anexionó los condados catalanes de Cerdaña y Rosellón en 1463. En efecto, había concluido la guerra de los 100 años contra Inglaterra (1339-1453) y Francia pudo volver nuevamente sus ojos hacia el Mediterráneo. La guerra civil se inclinó hacia el monarca Juan II, pero, a su muerte en 1479, dejó en herencia a Fernando su país desgarrado y con sus problemas sin resolver.

El Compromiso de Caspe

En paralelo con las circunstancias descritas anteriormente, se habían ido produciendo determinados hechos políticos que apuntalaban la posición de los que propugnaban la unión de las dos Coronas. En 1410 muere Martín I sin descendencia, disputándose el trono varios pretendientes apoyados por distintas facciones. Después de disturbios y enfrentamientos, en 1412 se produce el compromiso de Caspe, mediante el cual, los compromisarios de los distintos reinos de la Corona de Aragón acuerdan proclamar rey a Fernando de Antequera, infante de Castilla, rama menor de los Trastámara y nieto de Pedro IV de Aragón. A pesar de lo impopular de la aproximación entre aragoneses y castellanos (más en el lado castellano), existían fuerzas interesadas en una estrecha aproximación entre las dos coronas. Al fin y al cabo, la rama aragonesa de los Trastámara poseía extensos dominios castellanos.

Había también un transfondo intelectual proclive a la unión de los reinos peninsulares, ya que la palabra España no era una invención nueva. La Hispania romana deriva en la España visigoda, ya que esta monarquía había conseguido unificar toda la península, no sin esfuerzo, después del derrumbe del Imperio romano. Después de la formación de los distintos reinos y condados surgidos en el norte, como consecuencia de la invasión musulmana en el 711, y durante la consolidación de esos reinos y su avance hacia el sur, siempre existió entre ellos un sentimiento común de la unificación perdida y un hilo de legitimidad en la Reconquista, a pesar de las luchas de poder entre los reinos cristianos por acrecentar sus territorios. En el peor de los casos existía el sentimiento geográfico de pertenencia a España. El concepto de España era especialmente querido por un grupo de humanistas en torno al Cardenal Margarit, canciller del padre de Fernando Juan II de Aragón. De manera que, el más interesado en la unión de las dos coronas era la federación catalano-aragonesa metida en un callejón sin salida, con problemas institucionales y financieros irresolubles y asediados por la amenaza expansionista francesa. Así, pues, la alianza con Castilla se convirtió en el objetivo prioritario de su política exterior.

                        

Hay que tener en cuenta la desproporción de habitantes entre los dos reinos. A final del s. XV Castilla tenía de 6 a 7 millones frente al millón (!), aproximadamente, de todo el reino de Aragón (ya se ha dicho que en Cataluña eran unos 278.000). Esto puede parecer inconcebible con los ojos de hoy en día, cuando la España interior está en su mayor parte despoblada y es la periferia la que concentra la población, pero entonces era lo contrario. A pesar de los conflictos internos, Castilla había seguido prosperando, gracias en parte a la producción y al comercio lanero, y expandiéndose. Aragón y Cataluña hicieron un buen negocio, ya que la unión no fue una absorción por parte del más poderoso, sino que ambos reinos siguieron con sus propias instituciones y sus respectivos monarcas, una unión entre iguales. Sin embargo, es Aragón el que va a torcer la trayectoria histórica de Castilla. En 1492 termina la guerra de Granada y en 1493 se consigue recuperar el Rosellón y la Cerdaña. En 1495 los franceses entran en Nápoles, en manos de una rama menor de la casa de Aragón, y fuerza a los españoles a intervenir, enviando al Gran Capitán, y expulsando a los franceses en 1504, convirtiendo a Nápoles en otro reino de la monarquía española. Y todo ello con hombres y recursos de Castilla. A partir de la unión, y en virtud de la desigual relación de los reyes españoles con la Cortes de uno y otro reino, casi siempre fue imposible obtener recursos de las aragonesas y sí de las castellanas, mucho más débiles y manipulables frente a la corona.

El Gran Capitán en Ceriñola

Dando un salto de cien años, nos encontramos con una situación radicalmente distinta: la monarquía hispana se encuentra en serias dificultades, y en confrontamiento permanente con Inglaterra, Francia, Holanda y el norte de África. Todo el esfuerzo militar y económico seguía cayendo sobre la, por entonces, exhausta y en gran parte ya despoblada Castilla. En esas circunstancias, el Conde-Duque de Olivares requiere a las demás partes de la corona su contribución en hombres y dineros a las necesidades comunes. Algo aportan Aragón y Valencia; menos Portugal y nada Cataluña. La insistencia de Olivares, con ocasión de las nuevas hostilidades con Francia, desata la rebelión de Cataluña apoyada por los franceses. Se queja Olivares al virrey Santa Coloma:

“Cataluña es una provincia que no hay rey en el mundo que tenga otra igual a ella... Si la acometen los enemigos, la ha de defender su rey sin obrar ellos de su parte lo que deben ni exponer su gente a los peligros. Ha de traer ejército de fuera, le ha de sustentar, ha de cobrar las plazas que se perdieren, y este ejército, ni echado el enemigo ni antes de echarle el tiempo que no se puede campear, no le ha de alojar la provincia...”

Lo mismo ocurre con Portugal, abriéndose dos frentes imposibles de cerrar. El resultado es la separación definitiva de Portugal y, la menos conocida de Cataluña (1641), la cual entra a depender de la Corona francesa. No debió irle muy bien a Cataluña la experiencia, porque 11 años después y a petición de los propios catalanes, tropas españolas vuelven a posibilitar el retorno del Principado. Eso sí, se aceptaron los antiguos fueros y privilegios (los de la nobleza, las clases altas y el clero), esto es, su no contribución fiscal a las vacías arcas de la corona.

                                                

Otro gran conflicto se produce unos 50 años más tarde, con ocasión de la guerra de sucesión. Una guerra civil y no otra cosa, como afirma el nacionalismo actual. Cataluña, esto es, las clases dominantes, deciden apoyar la causa del candidato austríaco a la corona de España. Esto no fue así al principio, ya que nadie cuestionó la legitimidad de Felipe V en Cataluña, puesto que se prometió el mantenimiento de leyes y privilegios, pero pronto debieron darse cuenta del carácter centralista de la nueva dinastía, y proclamaron rey al pretendiente austríaco y solicitaron la intervención inglesa. Pero no había un sentimiento antiespañol, sino antifrancés. Se dieran cuenta de los peligros que suponía caer en la órbita francesa: la pérdida de los fueros y privilegios. Al fin y al cabo, los tiempos apuntaban en otra dirección. A la vista estaba el absolutismo de Luis XIV o la supresión de los parlamentos regionales en Inglaterra. En realidad, lo que ocurrió con la victoria del francés fue un paso hacia un mundo menos feudal. La tan aireada supresión de los derechos del pueblo, es pura fantasía. El pueblo, como sujeto de una supuesta alma colectiva, es concepto surgido en el s. XIX a partir del Romanticismo. Ni siquiera la Revolución francesa se hizo en nombre del pueblo, sino del Tercer Estado, esto es, de la burguesía, aunque tuvieran luego que ampliar el concepto.

Felipe V

Unos 100 años más tarde se produce otro gran choque con Francia: la invasión napoleónica. A medias, guerra de liberación y guerra civil, Cataluña tuvo bien claro contra quién luchaba. En 1810 Napoleón se anexiona todo el territorio comprendido entre los Pirineos y el Ebro, en contra de su propio hermano el rey José, y, en concreto, divide a Cataluña en cuatro departamentos, a la manera francesa, y anexionándolos al Imperio. Eran estos: Ter, Montserrat, Bocas del Ebro y Segre, con capitales respectivamente en Gerona, Barcelona, Lérida y Puigcerdá.

En resumen, parece bastante claro que, desde que en el s. IX, formaba parte de la Marca Hispánica, anexionada por Carlomagno, Cataluña ha estado siempre escapando de la anexión francesa, y, no lo olvidemos, gracias al parapeto español. Sin él, con toda probabilidad, Cataluña sería hoy parte de Francia, dividida en departamentos como los demás, con la pérdida de su identidad como conjunto, como ya ocurrió con la Cerdaña y el Rosellón, y el francés como único idioma. Y esto no es Historia-ficción. Francia ha estado incorporando territorios (reinos, condados, ducados…) hasta casi el final del s. XIX, bien por herencia, alianzas matrimoniales o conquistas, y el resultado es conocido.

Para aquéllos para los que los anteriores argumentos no sean convincentes, y crea, como los nacionalistas de ahora, que Cataluña ha sido conquistada y expoliada por España, los hechos muestran todo lo contrario, ya que, durante los siglos XIX y XX, Cataluña se ha ido posicionando a la vanguardia del progreso del país, a veces en detrimento del progreso de otros, siempre con proteccionismo aduanero, con actuación de lobbies en su beneficio, etc., al margen de vicisitudes que han alcanzado a todos, y, por tanto, si hubiese sido conquistada y expoliada, estaría a la cola de las regiones y no a la cabeza. Sería un contrasentido. Otros sí han sido expoliados, despoblados y empobrecidos. No hace falta decir cuales. No, no le ha ido nada mal a Cataluña formar parte de España.

El nuevo sistema fiscal de acuerdo con la Constitución de Cádiz de 1812, luego anulada y combatida principalmente por quienes añoraban el viejo régimen, se basaba en las siguientes proposiciones:
1º Que no ha de haber aduanas interiores.
2º Que el cupo de cada provincia ha de ser correspondiente a su riqueza.
3º Que las contribuciones se han de repartir entre todos los españoles en proporción a sus facultades.
Juzguen Uds. si no se han tirado 200 años a la basura, ¿o han sido 550?

Lo que el nacionalismo actual ha venido en llamar insistentemente pérdida de las libertades del pueblo, en realidad ha sido pérdida de los fueros y privilegios de las clases estamentales, en línea con las demás naciones, y, lamentablemente, proceso fallido en España, dada la singular aberración de la situación vasca y navarra presente, y las ambiciones nacionalistas catalanas. En el pasado éramos menos hipócritas; hoy, los intereses inconfesables de algunas clases se camuflan con la capa del nacionalismo. Parece que hemos vuelto a la Edad Media: las Autonomías presentes equivalen a los condados y ducados de antaño, en conflicto permanente entre ellos y todos contra el débil poder central, el Rey entonces, el Estado hoy. Y lo que solemos llamar el pueblo, ¿qué papel juega en todo esto? Servir de carne de cañón a los intereses de los poderosos, hoy como ayer, manipulados, “humillados y ofendidos”, muertos y desterrados. Decía Stefan Zweig en Un mundo de ayer que el nacionalismo es la peste, esa enfermedad contagiosa colectiva, causante de tantos males en la Europa de los últimos dos siglos. Algo debería saber el que se suicidó por no soportar el paso de las dos guerras mundiales.


Nota. Fuentes: Elliot, Vicens Vives, Maragall, Marañón, Fernández Álvarez, Artola.