Confuto, latín, "refutar, convencer, rebatir"
Confutación, "impugnación convincente de la opinión contraria"
(en el prólogo de la 1ª parte de El Quijote)
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martes, 11 de febrero de 2014

SATURNALES

Tiempos de Navidad y Año Nuevo. Tiempos de simbolismo y grandes esperanzas. Y también de grandes desilusiones y frustraciones. Esperanzas de regeneración y reconciliación con el mundo y con los semejantes. La frase Año nuevo, vida nueva es (o era) algo más que una frase. Y de desilusiones, por no haberse, a menudo, satisfecho ese anhelo de renovación temporal y de comienzo de una nueva existencia que padecen amplias capas de urbanitas de las sociedades occidentales modernas, por motivos que se tratarán de explicar.
La regeneración del tiempo es algo habitual en la observación de los mitos y costumbres de las culturas y civilizaciones. Por todas partes existe una concepción del comienzo y fin de un periodo temporal fundado en la observación de los ritmos bio-cósmicos. Las ceremonias periódicas que hacen referencia a esa regeneración se encuadran por lo general en las purificaciones periódicas, esto es, la expulsión anual de los demonios, enfermedades y pecados, y en el de la regeneración periódica de la vida, los rituales de los días que preceden y rigen al año nuevo. El año nuevo es un corte en el tiempo. Una tentativa de abolición del tiempo transcurrido y de restauración del tiempo mítico y primordial del instante de la creación. Los rituales asociados podrían contemplarse como un intento de acabar con las formas ya existentes y gastadas por el hecho de su propia duración y dar lugar al nacimiento de formas nuevas.
¿Cuál es en el fondo el principio del simbolismo de la regeneración periódica? Habría que acudir, sin duda, a la regeneración de la naturaleza para encontrar su fundamento. En efecto, existe una relación muy estrecha del hombre con los fenómenos naturales y de regeneración de la naturaleza de la que depende su supervivencia, como el paso de las estaciones asociado al nacimiento de animales y plantas en general, y asociados, a su vez, con la actividad humana agraria, con la recolección y el pastoreo. Por otro lado, el hombre, como ser natural, está sometido, él mismo, a los ritmos biológicos, como los demás seres vivos. La asociación de la regeneración de la naturaleza con los movimientos periódicos de los astros es inmediata. No es difícil ver, pues, en esta periodicidad y sus fenómenos asociados el origen del simbolismo de la regeneración.

                                              
Dejando al margen el simbolismo de las fases lunares, tan importante en tantos mitos de muerte y resurrección, fertilidad, regeneración e iniciación, es el Sol, con los movimientos periódicos de la Tierra a su alrededor, el que marca, principalmente, los ciclos de regeneración anuales. Algunos conceptos son necesarios para la comprensión del fenómeno: la eclíptica  es la línea que recorre la tierra alrededor del sol, pero que vista desde la tierra es la línea curva que recorre el sol alrededor de la Tierra en su «movimiento aparente»; el plano de la eclíptica contiene a la órbita de la Tierra alrededor del Sol y, en consecuencia, también al recorrido anual aparente del Sol observado desde la Tierra; ahora bien, el eje de rotación de la tierra está inclinado con relación al plano de la eclíptica, de modo que el ángulo que forma ese plano con el del ecuador terrestre es de 23° 27'. La consecuencia es que la eclíptica “sube” y “baja” con respecto al horizonte según la época del año (el sol visto desde la Tierra se mueve hacia el norte y el sur). La conjunción de la inclinación de los rayos del sol y de la variación de las horas de luz diarias nos marcan las estaciones del año. En el hemisferio norte, la posición más baja de la eclíptica se llama solsticio de invierno (el sol alcanza el cenit al mediodía sobre el Trópico de Capricornio), el 21-22 de diciembre, y se registra el día más corto y la noche más larga del año; mientras que en el solsticio de verano, el 20-21 de junio, la eclíptica se encuentra en la posición más alta y se registra el día más largo y la noche más corta. En el hemisferio sur es al revés. Se denominan equinoccios a los puntos en los que los dos polos están a igual distancia del sol y la duración de los días y noches se iguala (20 de marzo y 22 de septiembre).
                                                       

Pero, el fenómeno que nos interesa aquí es el solsticio de invierno en el hemisferio norte. Es el comienzo oficial del invierno, aunque pueda considerarse a veces la mitad del periodo invernal, ya que a partir de él el Sol comienza a “renacer”, fenómeno detectado hasta en el período neolítico, ya que muchos monumentos megalíticos están alineados con el nacimiento o la puesta del Sol durante el solsticio de invierno (Stonehenge). Esta fecha era importante porque marcaba un periodo de escasez por delante, de meses de hambruna, y la mayoría de los animales eran sacrificados para no tener que ser alimentados durante el invierno y disponer de carne en lo sucesivo. Después de la cosecha anual, el vino o la cerveza estaban finalmente fermentados y listos para beber a partir de ese momento. El apareamiento de los animales y la siembra de los cultivos ya se había producido. El significado o interpretación de este evento ha variado en las distintas culturas del mundo, pero la mayoría de ellas lo reconoce como un período de renovación y renacimiento, que conlleva todo tipo de rituales y celebraciones en mitad del invierno en la noche más larga del año. Celebraciones de brillante iluminación, fuegos artificiales, flores y bailes y cánticos como terapias culturales para arrinconar el malestar, reavivar el espíritu y reiniciar el reloj interno.

Stonehenge

Dado que el evento es visto como la inversión del retroceso de la presencia solar en el cielo, se ha celebrado por las distintas culturas el renacimiento del año en lo que se refiere a la vida-muerte-renacimiento de las deidades (dioses solares), así como el uso de calendarios cíclicos basados en el solsticio de invierno. En Japón la diosa solar Amaterasu, la diosa del Sol en el Sintoísmo y antepasada de la Familia Imperial del Japón según dicha religión, desde su reclusión en una cueva el Sol no salía y el mundo se cubrió de tinieblas, los campos morían y el mundo se helaba. Convencida Amaterasu para salir, mediante tretas por los otros dioses, la luz solar regresa de vuelta al Universo. Además se  celebra réquiem por los muertos durante la noche, a la espera de la salida del sol. El Festival Dongzhi del Solsticio de Invierno era uno de los más importantes festivales celebrados por los chinos y otros asiáticos orientales alrededor del 21 de diciembre. Después de esta celebración, se sucedían los días con más horas de luz natural y, por tanto, según su expresión, un aumento de “la energía positiva que fluye”. Tradicionalmente, el Festival Dongzhi es también un tiempo para la reunión de la familia en largas comidas, simbolizando la unidad familiar y la prosperidad. En la antigua Persia, en la noche más larga del año, se supone que Ahriman, el principio del mal, está en la cima de su fuerza. El día siguiente, conocido como el día del Sol, pertenece al dios Ahura Mazda. Desde que los días son cada vez más largos que las noches, este día marca la victoria del Sol sobre la oscuridad. En todas partes (nórdicos, eslavos, kurdos, lapones, celtas, bálticos, iranios y hasta hindúes) se celebraban, y aún celebran, fiestas del solsticio similares.

Amaterasu

En la antigua Roma, y en torno al solsticio de invierno, se celebraba la festividad de las Saturnales, a la luz de velas y antorchas, en honor de Saturno, divinidad agrícola protectora de sembrados y cosechas. Equivalía también al celebrado Cronos por los griegos, que estuvo en activo durante la mítica Edad de Oro de la Tierra, antes de ser destronado por Zeus, cuando los hombres vivían felices, sin separaciones sociales. Probablemente las Saturnales fueran las fiestas de la finalización de los trabajos del campo, celebrada tras la conclusión de la siembra de invierno, cuando el ritmo de las estaciones dejaba tiempo para el descanso. Este dios tenía un templo en el Foro, depositario del Tesoro Público, como signo de prosperidad. Allí su estatua imponente, blandiendo una hoz en la mano, sufría cautividad, pues una cinta de lana, simbólicamente, rodeaba el pedestal de la estatua para impedir que abandonase la ciudad y la privase de su protección. Sólo al llegar las Saturnales quedaba libre de ataduras. Esta liberación simbolizaba la reanudación del ciclo de la vida después de su cautiverio temporal. La fiesta se celebraba el 17 de diciembre, día en que los senadores y los caballeros romanos, vestidos con sus togas ceremoniales, ofrendaban al dios un gran sacrificio, seguido de un banquete público que culminaba con el grito de Io, Saturnalia! Pero con Julio César se prolongaron las Saturnales hasta el día 19. Augusto y Calígula, añadieron sendos días, y con Domiciano se amplió hasta el 23 de diciembre. También se homenajeaba a los generales romanos que habían triunfado en exitosas campañas militares.

Alma-Tadema, Ave Caesar, Io, Saturnalia!, 1880

Eran fiestas consagradas especialmente al jolgorio y la convivencia. Siete días de bulliciosas diversiones y banquetes. Se decoraban las casas con plantas y se visitaban a amigos y familiares, con intercambio de regalos. Era habitual regalarse saquitos de nueces, velas  o pequeños muñecos de arcilla. Se suspendían numerosas actividades públicas: la escuela, el Senado y los tribunales de justicia; se liberaba a los prisioneros, que depositaban, como ex-votos, las cadenas en el templo de Saturno; y hasta se aplazaba la ejecución de las penas capitales. Eran fiestas de gran permisividad, pues muchas prohibiciones durante el año se anulaban en las Saturnales. Se reanudaban los juegos de azar y apuestas, totalmente prohibidos durante el resto del año, incluso para los esclavos. Pero, lo más notable era la inversión social que significaba el intercambio de papeles entre amos y esclavos. Éstos vestían las ropas de sus señores, que les servían en la mesa, disfrutaban de tiempo libre y estaban exentos de castigo. Podían tratar con desprecio a sus amos y hasta jugar a los dados con ellos.

                            

En el 45 a.C., con el calendario juliano, se fijó el 25 de diciembre como el solsticio de invierno. Y en este día Aureliano introdujo (274 d.C.) el culto del Deus Sol Invictus, de origen sirio, el día del nacimiento de todas las divinidades solares orientales, en especial el de Mitra (religión mistérica expandida por los legionarios por todo el imperio romano). Se había comprendido la importancia de una teología de estructura solar monoteísta para la unidad del Imperio. El mismo Constantino fue adepto del culto solar antes de convertirse al cristianismo. Este monoteísmo solar, cuyo culto había estado precedido por las fiestas en honor de Saturno, allanó el camino al Cristianismo para establecer la fecha del natalicio de Cristo y, de paso, acabar con las antiguas celebraciones, no sin grandes dificultades. Para un creyente cristiano, no debería haber conflicto en aceptar la escasa probabilidad de que Cristo naciera un 25 de diciembre, ya que puede celebrar simbólicamente su nacimiento en esa fecha. Debido al retraso del calendario con el tiempo, la reforma gregoriana de 1582 situó el solsticio de invierno en el 21 de diciembre y el Año Nuevo en el 1 de enero, aunque sin aceptación por los cristianos protestantes. Gradualmente las costumbres paganas más permisivas pasaron al día de Año Nuevo, mientras que las de carácter religioso e íntimo, permanecieron aferradas en torno al 25  de diciembre, en tiempos día del solsticio, ahora día de Navidad, en el que los cristianos, como los paganos antes, se afanaban en compartir la alegría, aumentar la hacienda y cumplir con los regalos, a la vez que se entregaban a opíparas mesas. La celebración de la Epifanía en algunos lugares no es más que la extensión de la misma festividad.


                                             

En la actualidad la separación no es nítida, ya que perviven y aún se resucitan tradiciones folclóricas, no estrictamente religiosas, neopaganas a veces, centradas en el 24 y 25 de diciembre. Estas reuniones son apreciadas por la comodidad emocional, sobre todo en poblaciones más al norte en el hemisferio. Los efectos de depresión psicológica del invierno, del frío, cansancio e inactividad, y de los días sin sol, se revierten con las fiestas, las luces y el aumento de la luz solar. Aunque en el presente los festejos (en general) en torno a estas fechas sean herederos directos de las Saturnales romanas, se puede decir que los motivos, ahora, están completamente desvirtuados con relación al pasado.

Es lugar común entre los pensadores de todo tipo que, desde la modernidad el hombre occidental ha sufrido una escisión, un hombre desgarrado que no puede resolver las contradicciones ni superar la tensión de un tiempo que pregona un progreso infinito que le otorgará felicidad, y pierde su ilusión cuando descubre que ni el progreso ni la técnica cumplen con esa promesa. La discusión de lo anterior sería infinita, pero por centrarse en algo concreto, hoy en día, y desde el advenimiento de la revolución industrial, el hombre moderno ha perdido, cada vez más, el contacto con la naturaleza:  habitante de macro ciudades en las que la percepción de los ciclos naturales y la reproducción de plantas y animales ha perdido su significado; la luz artificial ha suplantado a la luz solar y se vive tanto de noche como de día; los festejos se suceden profusamente a lo largo del año, correspondan a hitos naturales o no, como las vacaciones prolongadas; las familias se han transformado y perdido su cohesión (al menos en Occidente); los individuos solitarios, sin descendencia, sin lazos familiares, empiezan a ser mayoría; las familias desunidas o desestructuradas; la escasa descendencia; el hombre irreligioso en suma, han convertido estos festejos en unas actividades compulsivas, de consumo, de diversión, que, como tal compulsión, deja al individuo insatisfecho y agotado emocionalmente. Tal vez sea esa la razón de la cada vez mayor aversión a este tipo de fiestas en un número cada vez mayor de personas: el sentimiento de que no son sus fiestas. El Año Nuevo, vida nueva, se ha convertido, así, de tener un significado, en una frase hueca y carente de él.

jueves, 9 de enero de 2014

ALPES SUIZOS

Los Alpes ocupan más de la mitad sur de Suiza, orientados sudoeste-noreste y divididos longitudinalmente por los valles del Ródano y del Rin, que nacen en el macizo del Paso Furka en el centro de dichos Alpes; el Ródano, separando los Alpes berneses de los peninos, corre hacia el sudoeste (lago Leman, Ginebra) y entra en Francia para ir a desembocar en el Mediterráneo, y el Rin, que separa los Alpes glaroneses de los lepontinos, corre en sentido contrario y, después de describir un gran arco hacia el norte, forma frontera con Austria y Alemania, alcanza Basilea y penetra en Alemania para seguir a su desembocadura en el mar del Norte. Otro gran río es el Aare, que, naciendo en las inmediaciones de los anteriores, se dirige hacia el norte pasando por Berna, y después de recorrer la meseta de la mitad norte de Suiza, desemboca en el Rin antes de que éste la deje definitivamente. Las principales elevaciones se encuentran en los Alpes berneses con 8 cumbres de más de 4000 m, y al sur de estos, los Alpes peninos, que forman frontera con Italia, con 41 cumbres con más de 4000 m.

   

En esta geografía descrita grosso modo se puede decir que nació el turismo moderno. En 2013 se cumplieron 150 años del primer tour organizado de la historia a los Alpes por iniciativa de Thomas Cook. Con ello se hizo posible que las clases medias surgidas con la Revolución Industrial, pero con tiempo y dinero limitados y sed de experiencias nuevas, fueran y regresaran a casa para reanudar sus obligaciones laborales. La fórmula se ha mantenido invariable desde entonces, por lo que puede decirse que fue el inicio de lo que llamamos turismo de masas. El grupo de turistas alcanzó la cumbre del Rigi (tal vez la montaña favorita de Suiza por la vista de la línea de los Alpes y la región central) a pie desde la localidad de Weggis, en el lago de Lucerna, hoy accesible mediante un teleférico y el primer ferrocarril de montaña de Europa, inaugurado éste 8 años después de la efemérides. Una viajera de las participantes anotó en su diario:

“La vastedad del panorama era poderosa y sublime… En silencio contemplamos el cinturón dentado de las cumbres mientras despertaba el día sobre las 300 millas de montes, valles, lagos y pueblos que abarcaba nuestra vista”.

Subida al monte Pilatus en Lucerna

Hasta entonces los viajes se hacían aisladamente, por razones concretas o en la tradición del Grand Tour (los viajes del XVIII por Europa emprendidos principalmente por los retoños de la aristocracia inglesa), que podían durar meses y aún años, en busca sobre todo del sol de Italia y de las antigüedades y ruinas greco-romanas (Viaje a Italia de Goethe). Por fin la nueva clase burguesa adinerada podía imitar a dichos viajeros, pero ¿porqué los Alpes suizos? Un viajero por los Alpes del siglo XVIII los había descrito como inhóspitos, incómodos de atravesar, improductivos, atemorizantes por las fuerzas ciegas de la naturaleza. Escenario muy alejado de lo que se consideraba en esa época una naturaleza apreciada por su belleza amable y domeñada, escultórica. De manera que no sólo se habían producido cambios sociales y económicos, sino un cambio de mentalidad que encontraba emoción estética en lo que con anterioridad solo era aversión. Y Suiza seguía siendo un país de campesinos pobres, cuyo único atractivo era, ahora, su paisaje y su pintoresquismo.



¿Qué había producido ese cambio de mentalidad? Europa había atravesado un cuarto de siglo de guerras y convulsiones sociales, desde la Revolución francesa hasta el fin de las guerras napoleónicas en 1815. Es el momento del Romanticismo, la tendencia que sigue al Clasicismo y que se puede distinguir como el predominio del sentimiento sobre la razón, mientras que en el Clasicismo la razón predomina sobre el sentimiento. En gran medida es una reacción contra las ideas imperantes en el siglo anterior que habían dado lugar a tantos desastres, aunque hunde en él sus raíces. Ya Rousseau había afirmado que “el sentimiento cuenta más que la razón”. Goya, racionalista, parece vacilar en sus aguafuertes y, en concreto, en su El sueño de la razón produce monstruos. Hölderlin diría “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona” y, “Siempre que el  hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno”. En el Romanticismo se revolucionarán los gustos del siglo anterior. Ya no se considerará a la religión y a la arquitectura de siglos pasados como reliquias de tiempos supersticiosos y bárbaros (Voltaire), sino que se volverá a la religión y al gótico como expresión de anhelo cósmico, a las ruinas góticas en lugar de las greco-romanas, a las leyendas medievales y a la naturaleza.

Caspar D. Friedrich
El cementerio de la abadía bajo la nieve, 1819

En la frase reproducida de la viajera mencionada al principio, se encuentra la palabra sublime. En el Romanticismo se generaliza el uso del concepto de lo Sublime como categoría estética frente a lo Bello del siglo de la razón, aunque dicho concepto hunda sus raíces en siglos anteriores, empezando por la obra Sobre lo sublime del retórico griego Longino (siglo I ?): lo sublime sería una elevación o excelencia en el lenguaje, una grandeza que muestra los poderes del orador capaz de llevar al espectador a un éxtasis, un entusiasmo y un punto más allá de su racionalidad. El concepto se redescubre en los siglos XVI y XVII, también con sentido retórico, como lo que eleva, rapta, transporta y se dirige al sentimiento más que a la razón. Pero fueron los ingleses de comienzos del XVIII, los que ampliaron el concepto de lo sublime de lo retórico a lo general, trasladándolo del lenguaje a la imagen, relacionando la belleza con la pasión y, por tanto, con la imaginación, la grandeza y la singularidad. Fue Burke quien describió lo sublime como un temor controlado que atrae al alma, presente en cualidades como la inmensidad, el infinito, el vacío, la soledad, el silencio; un temor y un asombro sin peligro; en suma, la atracción del abismo que implica un placer estético frente al amor sin deseo de lo Bello. También Kant investigó el concepto de lo sublime (Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime y Crítica del juicio, 1790), definiéndolo como lo que es absolutamente grande o sólo comparable a sí mismo, lo cual vendría a sobrepasar al contemplador causándole una sensación de displacer, dándose únicamente en la naturaleza ante la contemplación acongojante de algo cuya medida sobrepasa nuestras capacidades. Para lo que la belleza es forma, finito y limitado, para lo sublime es informe, infinitud. Más tarde  Schiller (Sobre lo sublime, 1801) y Schopenhauer (El mundo como voluntad y representación) también teorizarán sobre lo mismo.

Turner. Aníbal cruzando los Alpes

El siglo XIX se puede denominar el siglo del Naturalismo o, con más propiedad, el siglo de la naturaleza, y el arte del paisaje se torna completamente independiente, sin figuras ni elementos moralizantes como el siglo clasicista anterior, en los que la idea básica que domina todo el arte y también la pintura paisajista son los aspectos arquitectónicos y escultóricos de la naturaleza, el paisaje sereno, ordenado, así como los aspectos heroicos, arcádicos o idílicos, un reflejo de la grandeza del ser humano en confrontación con la Naturaleza. Pero, en el Romanticismo las montañas habían ido tomando el puesto de las llanuras como motivos principales de la pintura. El elemento más constitutivo del paisaje romántico es lo infinito, lo inmensurable, mientras en el Clasicismo ese sentimiento estuvo disciplinado y limitado. En el paisaje romántico se intenta representar la grandeza, la expansión y la inmensidad de los elementos hallados en la naturaleza: es una actitud nueva del género humano, más activa frente a las cosas espirituales, y el ser humano es relegado a un papel puramente contemplativo, con lo que se hace más perceptible la voz de la naturaleza y, sobre todo, el silencio de ésta. Se podría hablar de una religión de la Naturaleza.

Así, pues, los Alpes suizos se posicionarían principalmente como escenario de la nueva mentalidad, por sus paisajes abiertos e infinitos, con sus bosques de altos abetos escalando murallas rocosas sobre valles profundos, sus cascadas despeñándose desde cientos de metros y, más arriba, infinitas montañas cubiertas de nieve con sus picos perforando las nubes. Un paisaje gótico, llamado así por el predomino de líneas verticales sobre las horizontales. Los artistas acertarían a hacer patente en sus obras el espíritu de los tiempos (Zeitgeist). Exponente del nuevo arte es el pintor alemán Caspar David Friedrich, caracterizado por nieblas a orillas del mar, bancos de nubes al atardecer, crepúsculos en montañas y bosques, brumas invernales, pero todo en un marco de tristeza dentro del drama del silencio que pesa sobre el alma. Triste como la  música de Schubert. Pero capaz de responder al anhelo romántico de abarcar el universo que Novalis proclamó: “el alma individual debe adquirir una armonía con el alma del mundo”.

Caspar D. Friedrich.
Caminante sobre un mar de nubes.

El alpinismo, palabra derivada de Alpes, como es obvio, también surgió y evolucionó de forma simultánea a los procesos de cambio de mentalidad ya descritos, pero dando el salto de la contemplación al peligro, a la inmersión en el anhelo de contemplar el mundo desde lo inaccesible. Ya en 1786 se había escalado el Mont Blanc, pero, en Suiza, curiosamente en 1865, dos años después del mencionado tour a la cima del Rigi, se acomete la ascensión del Matterhorn (Cervino), desde Zermatt, por una expedición formada por tres ingleses, un guía de Chamonix, otro inglés que ya había intentado la ascensión varias veces y dos guías de Zermatt. Consiguieron alcanzar la cumbre sin saber que otra expedición dirigida por un famoso guía local, Carrel, atacaba la cima desde el lado italiano. Al volver, una caída de uno de los ingleses arrastró a sus otros dos compatriotas y a un guía, rompiéndose la cuerda de seguridad y despeñándose los cuatro a más de 1200 metros, bajo la mirada impotente de sus compañeros. La expedición de Carrel, por su parte, alcanzó la cumbre tres días más tarde. Sorprende la comparación entre los medios de escalada rudimentarios de los que disponían aquellos pioneros y los de los modernos alpinistas.

Matterhorn (Cervino)

La Suiza moderna no era ni siquiera soñada entonces. Incluso se pudiera pensar que la existencia de la propia Suiza se debió a las condiciones geográficas poco atractivas para los Imperios circundantes. Entonces no existía ni la gran industria relojera, ni los quesos, ni la industria farmacéutica, ni la pesada, ni la financiera, ni sus grandes ciudades. Pero, que duda cabe que el turismo y los nuevos medios de comunicación hicieron de Suiza lo que es: un destino imprescindible para los que visitan Europa desde otras partes del mundo, ansiosos de contemplar sus paisajes mitificados. Turismo también diversificado: paisajístico, de senderismo, de montañismo y alpinismo en verano, y de esquí en invierno, ayudado por un sinfín de medios diferentes de transporte: trenes convencionales, de cremallera, funiculares, remontes de todas clases como teleféricos, telecabinas, telesillas … Medios de transporte orgullosos de batir marcas, como el funicular más empinado del mundo en el Monte Pilatos en Lucerna, o el célebre ferrocarril de la Jungfrau, concluido épicamente en 1912, que reptando por la pared norte del Eiger y del Mönch, medio en túnel medio a la intemperie, alcanza la estación más alta de Europa a 3454 m al pie del Jungfrau, y salva un desnivel de 1393 m en un trayecto de 9,3 km.

Itinerario de la Jungfrau hasta Jungfraujoch (línea negra)

Los Alpes suizos tienen principalmente dos localidades que concentran a los visitantes atraídos por las mayores cumbres de la cordillera. Una es Interlaken, al pie de los Alpes berneses en su cara norte, atravesada por el río Aare, desde la que se contemplan picos como el Finsteraarhorn (4275 m), el Aletschhorn (4182 m), el Eiger (3975 m) o el mítico Jungfrau (4166 m). Otra es Zermatt, en un valle al pie del macizo que forma frontera con Italia, con cumbres como el Monte Rosa (4634 m), el Weisshorn (4515 m), el Matterhorn o Cervino (4477 m) o el Grand Combin (4314 m). Otras localidades en los Alpes réticos son también famosas por otros motivos, como Davos, inmortalizada por Thomas Mann en su Montaña mágica, y hoy también conocida por sus “cumbres” de jefes de Estado; o Saint Moritz, famosa estación de esquí, ambas en el extremo oriental de los Alpes suizos.

Espectaculares visiones proporcionan la Garganta del Aare, de paredes verticales impresionantes, de 200 m de profundidad, cavada por el Aare a medio camino entre Interlaken y su nacimiento cercano al Paso Furka. Desde éste se puede admirar el glaciar donde nace el Ródano y el valle donde nace el Rin. Más espectacular es la visión del Glaciar de Aletsch, situado en la cara sur del macizo del Jungfrau, el más grande de los Alpes con 23 km de longitud y declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Imponente resulta la cascada de Trümmelbach, cuyas aguas procedentes del Eiger, el Mönch y el Jungfrau perforan la roca verticalmente, creando por erosión un tubo irregular de unos 140 m, por el que se despeñan con ruido ensordecedor.

Glaciar de Aletsch

Otro lugar de cierto interés, por sus reminiscencias literarias, es la cascada del Reichenbach, tributario del Aare, de 120 m de altura y accesible con un funicular. Es famosa porque en ella situó Conan Doyle la lucha de Sherlock Holmes con su archienemigo Moriarty, despeñándose ambos y desapareciendo tragados por el torrente. Parece ser que Doyle estaba cansado de su personaje, pero debido a la presión de sus lectores y de sus editores, decide resucitarlo. En otra historia posterior el único despeñado es Moriarty y Sherlock sigue con sus aventuras. No parece que tuviese Conan Doyle muchos escrúpulos en resucitar a Sherlock Holmes ya que era un ferviente espiritista, dedicado a las investigaciones “psíquicas”. Sobre todo después de la muerte del hijo en la Gran Guerra. Doyle afirmaba haber hablado con él y con otros familiares fallecidos en sesiones con médiums. Es sorprendente la credulidad de una persona inteligente, médico culto, capaz de crear un personaje maestro en la observación, la inferencia y la deducción, pero en una época en que abundaban los magos ilusionistas, como Houdini, y cuyos trucos y efectos contribuían al fraude de las sesiones espiritistas. Ejemplo de acomodo mental a las ideas imperantes de su época.      

Cascada de Reichenbach
     
 
Sherlock Holmes
luchando contra Moriarty

Doscientos años después de los primeros viajeros románticos, constatamos que el llamado turismo de masas se ha enseñoreado de Suiza y la huella humana sobre el territorio es algo más que palpable: carreteras y ferrocarriles en medio de una naturaleza domesticada, líneas de alta tensión que saltan valles profundos, remontes de todo tipo que cruzan el paisaje en todas direcciones, miríadas de nuevas casas de madera salpicando las laderas verdes del fondo de los valles… Apenas hay campo visual libre de obstáculos salvo que el ojo se eleve lo más cerca de las cumbres. Hace falta un gran esfuerzo de abstracción para obtener una visión menos contaminada. Y todo en medio de multitudes de turistas de todo el planeta, destacando los asiáticos, chinos, japoneses, coreanos e indios, pululando en tiendas de relojes y navajas suizas, ropa deportiva y souvenirs carentes de gracia. Como en cualquier atracción de renombre en cualquier lugar del mundo. Es el signo de los tiempos.