Confuto, latín, "refutar, convencer, rebatir"
Confutación, "impugnación convincente de la opinión contraria"
(en el prólogo de la 1ª parte de El Quijote)
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martes, 8 de octubre de 2013

ALEJANDRÍA

El mito de Alejandría. Un mito de Occidente. Resucitado por un poeta de fines del XIX, Constantino P. Cavafis, y, básicamente, por dos escritores del XX, E.M.Forster (Regreso a Howards End, Una habitación con vistas, Pasaje a la India) y Lawrence Durrell (El cuarteto de Alejandría…). Pero antes convendría un resumen, aunque apresurado, de la historia de la ciudad.

Alejandro. Mosaico de Pompeya
Alejandría fue fundada por Alejandro el Grande en el delta del Nilo en el año 331 a. C., antes de dirigirse a la conquista definitiva del Imperio Persa. A su muerte, sus generales se repartieron su Imperio, y uno de ellos, Ptolomeo, se quedó con Egipto, iniciando, así, una dinastía que duraría trescientos años. Durante ese periodo, Egipto fue gobernado por faraones griegos. Estrabón alaba la importancia estratégica y comercial de Alejandría, que, junto al declive o desaparición de otras ciudades, como Tiro, convirtieron a la ciudad helenística en la más relevante del Mediterráneo. La acertada política de los primeros Ptolomeos la convirtió en un foco cultural de primer orden, una vez desaparecida Grecia de la escena. Se construyó la famosa Biblioteca de Alejandría con libros de todas las partes del mundo (se habló de 400.000 volúmenes); el Mouseion, dedicado a las Musas, especie de universidad de la época; el famoso Faro (en la isla de Pharos), una de las maravillas del mundo antiguo; el Soma, mausoleo que, según se decía, llegó a albergar el sarcófago de oro de Alejandro… Como ejemplo de fusión de religiones, Ptolomeo I levantó un templo al nuevo dios de la ciudad, Serapis, que combinaba los atributos de los dioses egipcios Osiris y Apis con Zeus, Plutón y Escolapio. En Alejandría prosperaron personajes, especialmente en el ámbito científico, como Euclides, Eratóstenes, Apolonio, Aristarco… fuga de cerebros de una Grecia sin recursos y sin pulso. Sin  embargo, asistimos a la ausencia de logros en la literatura, tal vez por la influencia del mecenazgo: decae el interés por el teatro, y la poesía alejandrina es escolasticismo, elegancia, técnica y hastío vital, y también referencias artísticas y literarias, arte por el arte. Triunfa el epigrama elegíaco que sobrevivirá en Bizancio.
Faro
Alejandría se convirtió en una ciudad cosmopolita, económicamente pujante, una Nueva York de nuestros días. Sin pasado, pero con población de todas las partes del mundo, con predominio tal vez a parte iguales de griegos, judíos y egipcios. Los judíos se habían asentado por ser Judea parte del nuevo Imperio ptolemaico. Incluso fueron adoptando el griego como idioma, y tradujeron al mismo su Biblia, que se llamó de los Setenta, más tarde traducida al latín y adoptada por el cristianismo. Así, Alejandría presentaba un carácter de aluvión, como si el Nilo, periódicamente, dejase su capa de limo en cada crecida, no siempre fertilizante. A veces la inundación era de sangre, por las múltiples guerras e innumerables revueltas que presenciaron sus calles. Los alejandrinos tenían pasión por los grandes fastos, por el espectáculo y tenían fama de crueles, indómitos y conflictivos. Estrabón, con su puritanismo romano, describe hombres y mujeres sin pudor, violentos y borrachines.
Un nuevo actor aparece en escena, y éste es Roma. Al principio como aliado, luego como dominador. Después de desembarazarse de Cartago, Roma fue apoderándose poco a poco de toda Grecia y Asia Menor, así como de Siria, con capital en Antioquía, (lo que quedaba del antiguo Imperio Seléucida: por Seleuco, otro de los generales de Alejandro que se hicieron con la parte asiática), y convirtieron Egipto en un protectorado, manteniendo a sus faraones. Y en este punto se produce la más célebre tragedia de todos los tiempos, la que protagonizaron Cleopatra (el último Ptolomeo), César, Marco Antonio y Octavio, quizás el cuarteto más célebre de la Historia, y tantas veces llevada a los teatros: la más notoria, Antonio y Cleopatra de Shakespeare. Otra encrucijada decisiva en la Historia de Roma. Después, a partir del 31 a.C., Egipto se convertiría en su granero.

Encuentro de Antonio y Cleopatra, L. Alma Tadema
Flavio Josefo nos habla de los conflictos entre griegos y judíos, existentes ya desde la fundación de la ciudad y que serían una constante bajo el poder romano. Desde siempre los judíos tuvieron los mismos privilegios que los griegos, lo que no fue caso de los egipcios, y, a pesar de haber asimilado su lengua y cultura, su convivencia nunca fue pacífica. Las matanzas nunca cesaron en la Alejandría romana: bajo Calígula, Nerón, Trajano, Caracalla...las revueltas se cobraron decenas de miles de víctimas y los judíos fueron casi exterminados.
La expansión de Roma hacia Oriente puso en contacto a sus ciudadanos con las religiones orientales y asimilaron los cultos mistéricos y las religiones de salvación, debilitándose los lazos con la religión olímpica, tal vez fruto de una nueva sensibilidad o temor hacia un mundo que se tambaleaba. Alejandría se convirtió en el centro de confrontación y evolución religiosa, y vemos, a lo largo de cuatro siglos, rivalizando el neopitagorismo, el neoplatonismo, el gnosticismo y el cristianismo. Éste último fue adquiriendo cada vez mayor importancia, sufriendo persecuciones y persiguiendo a su vez después de la conversión de Constantino. Una vez consolidado, más o menos, el cristianismo, como amalgama de las religiones y filosofías existentes, las disputas se dieron en su seno: las controversias en torno a la naturaleza del Hijo, la rivalidad entre Atanasio y Arrio, la separación entre las Iglesias de Oriente y Occidente, la designación de Constantinopla como nueva capital del Imperio, las luchas interminables entre ortodoxos, nestorianos, arrianos y monofisitas… El último filósofo pagano de importancia fue Hipatia, asesinada en el 415. Pero el monofisismo (una sola naturaleza divina de Jesucristo), adoptado por los egipcios nativos, pervivió en la Iglesia copta. Al final, ya no le quedaría a Alejandría aliento. Cuando los árabes llegaron en el 642 (sólo 20 años después de la huida de Mahoma de la Meca), la ciudad estaba lista para caer como un fruto maduro. A los ciudadanos corrientes les daba lo mismo quién mandase, y, además, el Islam podía considerarse como otra herejía más. Se entregó sin oponer resistencia a los bárbaros venidos del desierto de Arabia.

                            
Ahora se concluyó la tragedia de la Biblioteca de Alejandría: una tragedia en varios actos, según versiones. En el primero, Julio César decidió enviar parte de los fondos a Roma, incendiándose los mismos accidentalmente antes de embarcarlos; luego, durante el asedio de Diocleciano, se quemaron los libros egipcios de la biblioteca; posteriormente, el patriarca de Alejandría Teófilo, en el 390, destruyó el Serapeo junto con su biblioteca; finalmente, el último acto fue protagonizado por los árabes, que, según sus historiadores y, siguiendo la consigna de Omar: “Si lo que contienen los libros es conforme al Corán, éste los vuelve inútiles. Si, por el contrario, lo que encierran se opone al Corán, no los necesitamos”. Se habrían utilizado como combustible para calentar los baños de Alejandría durante seis meses.
Pero, los árabes prefirieron Al Fustat/El Cairo para su capital, y Alejandría pasó casi 1200 años en el olvido. La decadencia de la ciudad fue continua y los terremotos hicieron el resto, sumergiendo la ciudad en el mar. El famoso Faro y los canales desaparecieron. Viajeros de finales del XVIII, leídos en Plutarco, Shakespeare o Gibbon, o las tropas de Napoleón, se asombran de encontrar un villorrio árabe de 4 ó 5000 habitantes. Con la marcha de los franceses, un virrey del sultán turco en Egipto, Mohamed Ali, amigo de la modernidad, se puso a la tarea de reconstruir Alejandría. Ésta recuperó su importancia comercial, concentrando en ella la actividad de exportación e importación y atrayendo capitales. El número de expatriados de todas las nacionalidades aumentó vertiginosamente, sobre todo griegos, italianos y franceses, convirtiendo en poco tiempo Alejandría en una ciudad casi europea, multicolor y cosmopolita. Los visitantes ilustres se suceden: escritores y viajeros interesados en los restos arqueológicos de Egipto y que dan cuenta de esa realidad en una época fascinada por la Historia, por el auge de la arqueología y el pasado faraónico. Comienzan los intentos por descubrir la tumba de Alejandro, interpretando las fuentes antiguas, y que no han cesado hasta nuestros días, infructuosamente. Proliferan los relatos orientalistas exóticos en Europa, como el de T.Gautier Une Nuit de Cléopatre; pinturas, como Cleopatra ante César de Gérôme, Cleopatra de G.Moreau, o Encuentro de Antonio y Cleopatra de A. Tadema. Cleopatra encarnaba perfectamente la reina oriental, la mujer exótica y voluptuosa, fatal y mortífera. 

La ciudad creció de forma anárquica, con edificios de gusto mediocre y sin restos arqueológicos que le dieran personalidad. Alejandría produciría artistas eclécticos que buscarían en Europa su inspiración, como los de la época de los Ptolomeos la buscaron en Grecia y los de época tardía en Bizancio. Los escritores ingleses que se ocuparán de Alejandría, Thackeray, Liddell, Forster, Durrell… ,y que, curiosamente, contribuirán a la propagación del mito alejandrino, no tienen, sin embargo, una opinión demasiado favorable hacia la ciudad, demasiado pretenciosa de imitación parisina. Según Liddell, un “paseo marítimo… en el que varias culturas han dado lo peor de sí mismas… arquitectura de papel pintado de la peor calidad…  rematado con franjas de bisutería barata”.


                                
En esta nueva Alejandría se aposenta la familia griega del poeta que restaurará el mito alejandrino, Constantino Cavafis, nacido en 1863. Dedicada a la exportación de algodón a Inglaterra y más tarde arruinada, la familia marcha a Inglaterra donde Cavafis pasará siete años de formación. Cavafis no es un poeta griego, sino un poeta personalísimo que, al margen de las corrientes literarias griegas del momento, escribirá en griego sobre un mundo del pasado exótico en una época atravesada por el Romanticismo, el Simbolismo y el Decadentismo. Un pasado mirado con nostalgia, delectación y voluptuosidad, muy cercano al ennui contemporáneo y que cuenta con la memoria fragmentaria del lector. Cavafis se centra en el pasado alejandrino y bizantino con preferencia a la Grecia clásica. Quizás el más conocido de los poemas de Cavafis sea Ítaca:
“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo… que llegues a puertos nunca antes vistos… hazte con hermosas mercancías, nácar y coral, ámbar y ébano… Ten siempre a tu Ítaca en tu pensamiento… mas no apresures nunca el viaje… y atracar… enriquecido de cuanto ganaste en el camino…”.
El viaje no es la meta final, sino el camino. Pero, tal vez, el poema más definitivo de esa agonía de la civilización sea Esperando a los bárbaros (1904):
“¿Qué esperamos congregados en el Foro? Es a los bárbaros que hoy llegan - ¿Porqué esta inacción en el Senado?... Ya legislarán cuando lleguen los bárbaros… - ¿Porqué empieza de pronto este desconcierto y confusión… y vuelven todos a casa compungidos? Porque se hizo de noche y los bárbaros no llegaron… ¿Y qué va a ser de nosotros ahora sin bárbaros? Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.”
Bien pudiera aplicarse lo anterior a la Alejandría tomada por los árabes en el 642 d.C.

Las rosas de Heliogábalo, L. Alma Tadema
La pluma de Cavafis equivale al pincel de L. Alma Tadema y de otros pintores historicistas y decadentistas, una visión voluptuosa de capa sobre capa de decadencia y muerte como en Las rosas de Heliogábalo.
No tardarán en presentarse problemas nacionalistas en esa sociedad decimonónica occidentalizada y dominada por extranjeros, y, aprovechando los disturbios, la flota británica bombardeará Alejandría (1882) y convertirá Egipto en un protectorado. A partir de ahí, los enfrentamientos entre los egipcios y la comunidad extranjera se agudizarían, siendo el principio del fin de la comunidad griega en Egipto. En 1922 Egipto accede a la independencia, aunque Gran Bretaña se reserva el control militar, que sólo deja después de la 2ª guerra mundial, reservándose el Canal de Suez. Después, la creación del Estado de Israel, la nacionalización del Canal, el ascenso de Nasser y el panarabismo, completaron la ausencia de occidentales en Egipto y en Alejandría.

                                   
Forster llega a Alejandría en 1915. Sus primeras producciones, debido a sus viajes por Grecia, Italia e India, reflejan ese contacto con mundos que ponen en entredicho los valores de la clase media-alta inglesa. Están plagadas de imágenes de la antigua Grecia, pero no es un clasicista, sino un helenista, amando sus aspectos míticos y naturalistas. La relación de lo mítico y lo sensual es de enorme importancia, aunque sólo en Pasaje a la India se acepta el tema de la decadencia y del caos potencial que se esconde tras un choque entre culturas. Alejandría sería para él el lugar para vivir y trabajar dónde confluyeran Oriente y Occidente, y allí conoce a Cavafis, con el que se identifica. Comparte con él la homosexualidad, que trata siempre de forma velada en sus obras, como lo hace Cavafis en sus poemas histórico-amorosos. La influencia de Cavafis es enorme, con muchos puntos en común: tienen sensibilidades semejantes, en ambos fina ironía y falta de interés por lo grandioso. Para el poeta la historia no es sino una sucesión de breves e íntimos momentos en la vida de las personas, por lo que se puede decir que es un miniaturista y cada poema es un pequeño retrato primorosamente elaborado: crea una mitología narrando la historia del helenismo, aunque Forster no compartiera la creencia de Cavafis en la conexión entre la Alejandría del pasado y la del presente basada en una refinada decadencia. Los años de la 1ª guerra son decisivos: sus obras Pharos and Pharillion, Alexandria, y Pasaje a la India muestran la relación entre Oriente y Occidente y la influencia de Cavafis en Forster, el cual encuentra su horma en Alejandría. En correspondencia, Forster hace enormes esfuerzos por dar a conocer la obra de Cavafis al público de habla inglesa, a través de Eliot, Graves, Toynbee o T.E.Lawence, y escribiendo, así mismo, ensayos sobre el poeta.

La 2ª guerra mundial trajo a Lawrence Durrell a Alejandría. Al principio no pareció causarle gran impresión: la describió como “… ciudad napolitana en ruinas de cochambroso aspecto…”, aunque cambiase su percepción con el tiempo, infundiendo vida a esa ciudad con El cuarteto de Alejandría (1952-60). Durrell describe una ciudad “…enferma, agonizante, pródiga, hospitalaria y dispersa…”; ciudad de “…profunda resignación, lasitud espiritual y autoindulgencia, donde abundan la envidia y el castigo”. Una ciudad de expatriados, que son sus protagonistas principales, con presencia destacada del elemento nativo copto y ausencia del árabe nativo. La Alejandría de Durrell es la ciudad de la diversidad, de idiomas, de gentes y crisol de todas las taras humanas. Alejandría es para Durrell el principio femenino, la oscura feminidad en la que puede reencarnarse Cleopatra. Como Forster, Durrell carga contra la clase funcionarial y militar inglesa que sigue despreciando al elemento autóctono y contemplando con horror la mezcla de razas. Durrell siente la presencia de Cavafis en la ciudad, al que llama viejo profesor en el Cuarteto, y se introduce a través de él en el escenario de la misma, a la que contempla con relativismo, como juego de espejos, según los mil prismas de sus personajes, que llevará, finalmente, a la decadencia sin decepción y a la fragmentación.
Contemplando Alejandría desde los siglos, vemos que primero tiene una existencia de casi 1000 años, seguida de un periodo de olvido casi total durante otros 1200; luego, un “resurgimiento” frustrado por poco más de 100 años en coincidencia con un periodo decadente de Occidente en el que éste cree ver en Alejandría un puente con Oriente y con su pasado, y, finalmente, la inmersión indiferenciada en el mundo islámico. Alejandría es hoy una ciudad  árabe más, amorfa, populosa, y un reducto del salafismo. Una visita fugaz efectuada un par de décadas atrás, deparó un paseo marítimo (la famosa Corniche) flanqueado por casas de fachadas ruinosas, desconchadas y sucias; un pavimento accidentado, recalentado por el sol, con una mezcla resbaladiza de grasa de automóviles y polvo del desierto; una chamarilería con un Gallé, vestigio de tiempos más prósperos, cuyo propietario era consciente de su valor, y un museo escuálido con cuatro piedras almacenadas. Faltó tiempo para salir de allí. Es de suponer que presentase mejor aspecto en la época del rey Faruk. Así, el mito de Alejandría, aparece y desaparece a lo largo de la Historia, a lomos de historiadores, pensadores, poetas y escritores, pero es solo una entelequia, una ilusión. No queda nada de él. Y no lo es, porque no quedan restos materiales del pasado ni continuidad de sus moradores ni sus tradiciones. Los sedimentos sobre sedimentos abrigan apenas vestigios insignificantes y tan difíciles de encontrar como los fósiles del Precámbrico. De existir, esos restos pudieran hacer pensar en un espíritu de la ciudad que perviviera en el tiempo, y de una profundidad cultural de la que desgraciadamente carece, ya que esa continuidad ha sido aplastada una y otra vez. El piso sombrío donde vivió Cavafis o el Hotel Cecil del Cuarteto no es suficiente. La afirmación de que la ciudad ha sido siempre “un lugar que acepta las nuevas culturas sin perder la identidad”, no es más que basura propagandista autocomplaciente. La nueva Biblioteca de Alejandría inaugurada a bombo y platillo en 2002, y presunta heredera de la creada en el siglo III a.C., es un buen ejemplo de la irreversibilidad del tiempo.

                  



Sin embargo, el mito sobrevive, y sobrevive gracias a los esfuerzos denodados de escritores por conservarlo y a críticos literarios empeñados en potenciarlo. Y a los lectores. No olvidemos tampoco el cine, que es el encargado en nuestro siglo de fijar, en nuestra memoria colectiva, recurrente aunque fragmentariamente, tanto la historia del último faraón de Egipto, Cleopatra, como la de Alejandro. Así, pues, somos incapaces de olvidar el sueño de Alejandría, perseverante, obsesivo, como perseguidos por una maldición, por un fantasma que aparece y desaparece de entre las brumas históricas en nuestra existencia ennuyante. ¿No será, por ventura, que también estemos esperando a los bárbaros?

                             

lunes, 2 de septiembre de 2013

EL JUSTICIERO

Charles Bronson es un tipo duro del cine. Sus facciones prominentes y sus rasgos atezados hubieran podido encasillarlo fácilmente dentro de papeles de villano. Sin embargo, no ha sido así. Como rudo vaquero, indio perseguido e indómito, pacífico ciudadano o policía honesto, casi siempre ha encarnado al paciente individuo que asiste, en carne propia o ajena, a los abusos de grupos o individuos, que, confundiendo bondad o educación con debilidad, se encaraman sobre los derechos ajenos, pisoteándolos sin piedad, humillando y escarneciendo a sus víctimas. Hasta que, a fuerza de tirar de la soga, ésta se rompe, cruzándose así una línea roja en virtud de lo cual, el paciente protagonista, sin apenas alterarse, pasa a la acción. Busca armas, que aparecen como por ensalmo, y empieza a “hacer justicia”. Los indeseables encuentran, pues, lo que merecen, con regocijo general de los espectadores, que han asistido hasta entonces, impotentes, a las fechorías de los malos.

Una ambientación típica de estas películas es la que transcurre en una ciudad norteamericana venida a menos, cuyo centro medio abandonado, con solares vacíos, casas derruidas o deterioradas, es habitada únicamente por personas empobrecidas o jubilados que malviven con sus insuficientes pensiones (situación real de muchas ciudades americanas: ver el blog del 23 de julio de 2013). Ese centro está tomado por pandillas de drogadictos que hacen la vida imposible a los indefensos habitantes, incendiando, saqueando y hasta matando, con la total ausencia de la policía, hasta que nuestro protagonista, generalmente un ex marine, va hasta un baúl escondido y empieza a sacar armas de todo tipo: pistolas, fusiles, granadas de mano y hasta lanza granadas, y, municionado así, empieza a liquidar delincuentes de forma masiva, poniendo en fuga a los pocos supervivientes. A veces se queda con la chica y colorín colorado …


Este tipo de películas se pueden catalogar como detestables desde el punto de vista cinematográfico, pero su incansable repetición monotemática, con sus múltiples variantes, parece revelar un deseo de satisfacer a un público que, de alguna forma, se ve reflejado o ve reflejada su realidad circundante. Una realidad que denota pobreza, delincuencia e impunidad. Este público sufre, pues, una especie de catarsis, descargando así sus frustraciones y volviendo a su casa reconfortado. Si bien la realidad no ha sido alterada, por lo menos en la pantalla se ha “hecho justicia”. No se trataría pues, de un ejercicio de violencia gratuita, de sed de sangre, como en el circo romano, de unos espectadores que vibran con los muertos y los tiros, como en principio pudiera pensarse, sino, tal vez, de unos espectadores ansiosos de que triunfe el bien sobre el mal, cosa difícil de ver en sus vidas cotidianas.

                          

Otro personaje de éxito es el policía Harry Callahan que encarna Clint Eastwood, que, saltándose muchas veces los procedimientos burocráticos, liquida a los delincuentes por la vía expeditiva, eso sí, en defensa propia, con gran enfado de su inepto jefe y del político de turno responsable de la policía, que representan el contrapunto al eficaz agente . Hay que decir que los personajes son simples y arquetípicos: el policía es muy íntegro, el jefe de policía muy tonto, el político muy corrupto y el delincuente muy malvado, de modo que el espectador no alberga ninguna duda ni remordimientos al respecto.

¿Qué consecuencias se pueden sacar de estas anécdotas cinematográficas? Trasladándonos a coordenadas más cercanas, ¿con qué nos encontramos o, por lo menos, cual es la apreciación del ciudadano de lo que sucede? El ciudadano percibe una casi total impunidad en la represión de los delitos. Y la impunidad es la madre de todos ellos. En una sociedad civilizada, se dice, el ciudadano debe delegar su seguridad en las instituciones dedicadas a velar por ella, como la policía, los jueces y los legisladores, pero, demasiado a menudo, observa cómo esa cadena falla estrepitosamente, por uno o por todos sus eslabones. Los delincuentes son puestos con demasiada frecuencia en libertad, con o sin cargos, esperando juicios que se eternizan, y volviendo a cometer uno o cien delitos más. Los jueces dictan sentencias inexplicables, con general escándalo. Los legisladores no actualizan las leyes ni las sanciones. La policía, aparte de sus propias ineficiencias, se desmoraliza al constatar la inutilidad de sus esfuerzos. En resumidas cuentas, el Sistema hace aguas por todas partes, y la causa de ello puede que se deba a razones ideológicas persistentes en el tiempo que impiden que el sentido común se imponga.

                                  

El actual estado de pensamiento parece derivarse de una concepción roussoniana de que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo pervierte, pensamiento promovido de forma simplista por ideologías que se han posicionado a la vanguardia de ciertos movimientos sociales, por lo que predomina una concepción de la represión del delito basada en la regeneración del delincuente, ya que en el fondo la sociedad habría tenido la culpa de su comportamiento. Eso llevaría, de forma natural, a una permisividad tanto en la enseñanza de lo que es correcto o incorrecto, como en las sanciones por el incumplimiento de las leyes. La cuestión no es baladí. Ya en el siglo V a.c., en la Atenas de Pericles, el filósofo sofista Protágoras tenía una visión diferente: el hombre es malvado por naturaleza y únicamente la sociedad, por una cuestión utilitarista, puede redimir al hombre de su perversión: la virtud puede ser aprendida y, por tanto, debe ser enseñada. Para ello, el argumento fundamental es el castigo del culpable, que solo tiene sentido para evitar una venganza irracional. En Platón, Diálogos, Protágoras, 324 a, b se lee:

...Porque nadie castiga a los malhechores prestando atención a que hayan delinquido o por el hecho de haber delinquido, a no ser que se vengue irracionalmente como un animal. Pero el que intenta castigar con razón no se venga a causa del crimen cometido  (pues no se lograría hacer que lo hecho no haya acaecido), sino con vistas al futuro, para que no obren mal de nuevo ni éste mismo ni otro, al ver que éste sufre su castigo. Y el que tiene ese pensamiento piensa que la virtud es enseñable. Pues castiga a efectos de disuasión...

Y esta es la clave, no se debe castigar como una purificación del daño anterior, sino como medida disuasoria. Vemos que casi 2500 años más tarde la polémica sigue en pie.

Pero, cuando el Sistema falla y sigue empeñado en advertir a los ciudadanos a renunciar a la legítima defensa, cuando parece proteger más a los delincuentes que a las víctimas, puede surgir la tentación de “tomarse la justicia por su mano”. Y aquí llegamos al meollo de la cuestión, ¿sería lícito, en esas circunstancias extremas, semejante conclusión, o debe dejar el ciudadano que lo sigan humillando, vejando y hasta matando como a un cordero indefenso y, en todo caso, refugiándose en el cine como evasión a sus problemas? No olvidemos que siempre que haya indefensión habrá alguien dispuesto a aprovecharse de ella. O el Sistema vuelve a funcionar o vendrán malos tiempos.

domingo, 23 de junio de 2013

HANNAH ARENDT

Acaban de estrenar en Madrid la película Hannah Arendt de la realizadora alemana Margarethe von Trotta, sobre el episodio de la vida de Arendt relacionado con el secuestro de Eichmann en Argentina por los servicios secretos del nuevo Estado de Israel y su posterior juicio y ejecución. Juicio al que asistió Hannah Arendt en Israel en calidad de corresponsal de un periódico norteamericano. La publicación de los reportajes y la posterior publicación del libro que describía los hechos referidos, le acarreó no pocas complicaciones y enemistades entre sus amigos y compatriotas judíos, que no compartieron ni alcanzaron a comprender su punto de vista expresado en el libro Eichmann en Jerusalén.

Arendt era judía y fue alumna brillante y amante de Heidegger en Berlín.  La acomodaticia postura de Heidegger respecto del Tercer Reich es bien conocida. Por lo que respecta a Arendt, fue internada en un campo de detención francés, consiguiendo un visado hacia los Estados Unidos y, librándose así, milagrosamente, de un fin más que previsible.


Eichmann fue un burócrata intermedio dentro de la organización de la Alemania nazi y, en concreto, en las S.S. de Himmler, cuyo cometido era la organización de la deportación de los judíos de Alemania y de Europa. Eichmann, en la apreciación de Arendt, era un individuo vulgar , un individuo mediocre que se limitaba a cumplir órdenes de su jerarquía y de su Führer, sin discutirlas y sin plantearse su legitimidad o su moral, porque eso era lo legal y lo contrario hubiera sido inconcebible, como él mismo declaró en el juicio. Por lo tanto, Eichmann no era simplemente un monstruo sino un individuo corriente que cumplía órdenes monstruosas. Fue lo que Arendt bautizó como la Banalidad del Mal (acuñación que tuvo fortuna). Además Arendt sacó a relucir las responsabilidades de los Consejos Judíos que existían en las comunidades judías, y que ayudaron a las autoridades en Alemania y demás países en la deportación ordenada de sus correligionarios, posiblemente creyendo que les esperaba un futuro mejor o una deportación a países neutrales, cosa, por otro lado, que también se puso de manifiesto en el juicio. Eso podría explicar que todos los judíos hubieran sido conducidos como corderitos sin resistencia hacia el exterminio. La posibilidad de una resistencia hubiese, tal vez, significado el ahorro de gran número de víctimas. Obviamente, esa “acusación”, mal interpretada, fue el objeto de las iras de todos los judíos, dentro y fuera de Israel.

Arendt puso en entredicho la legalidad del juicio porque, a su parecer, había demasiadas circunstancias que lo hacían dudoso.
1º La detención y secuestro de un individuo en un país distinto que no reconocía la extradición.
2º La deportación clandestina a Israel.
3º La no existencia del Estado de Israel cuando se produjeron los hechos por los cuales Eichmann había de ser juzgado.
4º El único precedente era el juicio internacional de Nuremberg por crímenes contra la humanidad, sin que, por cierto, tampoco existiera entonces esa figura delictiva.

Arendt abogaba, en consecuencia, por un tribunal internacional. Sus problemas y las tergiversaciones de que fue objeto en periódicos y revistas de todo el mundo, derivaron de esa postura puramente intelectual. Arendt decía que no había que dejarse llevar a esos extremos por las emociones, sino que había que pensar para tener un criterio: la única forma de librarse de las opiniones dominantes, no hacer que el mal se haga banal, porque eso era la forma de caer otra vez en el totalitarismo. Esta fue una opinión difícil de mantener en aquellos momentos por las sensibilidades a flor de piel existentes, pero, precisamente eso, da idea de la altura intelectual de Hannah Arendt. La película, obviamente, se queda coja de la descripción y de las argumentaciones que proporciona el libro Eichmann en Jerusalén, pero eso es inevitable.

Recordé, al terminar la película, el prólogo de Orwell (socialista sin partido) a su Rebelión en la Granja (1943), en el que denuncia a la intelectualidad británica de la época por su postura sectaria a favor incondicional de la URSS y del estalinismo. Ninguna crítica tenía lugar que no fuese el halago incondicional a la política de Stalin. Las purgas, si existían, tenían razón de ser, incluso para los no partidarios de la pena de muerte. Lo que exigía la ortodoxia dominante era una admiración acrítica de la Rusia soviética. En un párrafo de dicho prólogo se lee:

“El servilismo con que la mayor parte de la intelectualidad inglesa se ha tragado y ha repetido la propaganda rusa desde 1941 resultaría sorprendente si no se hubiese comportado así en otras ocasiones. En una cuestión controvertida tras otra, se ha aceptado el punto de vista ruso sin discusión alguna, y se ha publicado con total desprecio por la verdad histórica o la decencia intelectual”

Para Orwell eso no era nada nuevo. Ya venía escarmentado de su experiencia española (Homenaje a Cataluña). Ni que decir tiene que la mayor parte de la intelectualidad europea comulgaba con este servilismo intelectual. Algunos siguen hasta hoy. Pues bien, es en esos ambientes de pensamiento único dominante, cuando se consolidan, ya sean nacionalismos o ideologías de cualquier tipo, en los que cualquier monstruosidad se puede convertir en banal. La banalidad del mal.

Nota: Algunas obras de Hannah Arendt:

Eichmann en Jerusalén, Los orígenes del totalitarismo