Confuto, latín, "refutar, convencer, rebatir"
Confutación, "impugnación convincente de la opinión contraria"
(en el prólogo de la 1ª parte de El Quijote)

jueves, 9 de enero de 2014

ALPES SUIZOS

Los Alpes ocupan más de la mitad sur de Suiza, orientados sudoeste-noreste y divididos longitudinalmente por los valles del Ródano y del Rin, que nacen en el macizo del Paso Furka en el centro de dichos Alpes; el Ródano, separando los Alpes berneses de los peninos, corre hacia el sudoeste (lago Leman, Ginebra) y entra en Francia para ir a desembocar en el Mediterráneo, y el Rin, que separa los Alpes glaroneses de los lepontinos, corre en sentido contrario y, después de describir un gran arco hacia el norte, forma frontera con Austria y Alemania, alcanza Basilea y penetra en Alemania para seguir a su desembocadura en el mar del Norte. Otro gran río es el Aare, que, naciendo en las inmediaciones de los anteriores, se dirige hacia el norte pasando por Berna, y después de recorrer la meseta de la mitad norte de Suiza, desemboca en el Rin antes de que éste la deje definitivamente. Las principales elevaciones se encuentran en los Alpes berneses con 8 cumbres de más de 4000 m, y al sur de estos, los Alpes peninos, que forman frontera con Italia, con 41 cumbres con más de 4000 m.

   

En esta geografía descrita grosso modo se puede decir que nació el turismo moderno. En 2013 se cumplieron 150 años del primer tour organizado de la historia a los Alpes por iniciativa de Thomas Cook. Con ello se hizo posible que las clases medias surgidas con la Revolución Industrial, pero con tiempo y dinero limitados y sed de experiencias nuevas, fueran y regresaran a casa para reanudar sus obligaciones laborales. La fórmula se ha mantenido invariable desde entonces, por lo que puede decirse que fue el inicio de lo que llamamos turismo de masas. El grupo de turistas alcanzó la cumbre del Rigi (tal vez la montaña favorita de Suiza por la vista de la línea de los Alpes y la región central) a pie desde la localidad de Weggis, en el lago de Lucerna, hoy accesible mediante un teleférico y el primer ferrocarril de montaña de Europa, inaugurado éste 8 años después de la efemérides. Una viajera de las participantes anotó en su diario:

La vastedad del panorama era poderosa y sublime… En silencio contemplamos el cinturón dentado de las cumbres mientras despertaba el día sobre las 300 millas de montes, valles, lagos y pueblos que abarcaba nuestra vista”.

Subida al monte Pilatus en Lucerna

Hasta entonces los viajes se hacían aisladamente, por razones concretas o en la tradición del Grand Tour (los viajes del XVIII por Europa emprendidos principalmente por los retoños de la aristocracia inglesa), que podían durar meses y aún años, en busca sobre todo del sol de Italia y de las antigüedades y ruinas greco-romanas (Viaje a Italia de Goethe). Por fin la nueva clase burguesa adinerada podía imitar a dichos viajeros, pero ¿porqué los Alpes suizos? Un viajero por los Alpes del siglo XVIII los había descrito como inhóspitos, incómodos de atravesar, improductivos, atemorizantes por las fuerzas ciegas de la naturaleza. Escenario muy alejado de lo que se consideraba en esa época una naturaleza apreciada por su belleza amable y domeñada, escultórica. De manera que no sólo se habían producido cambios sociales y económicos, sino un cambio de mentalidad que encontraba emoción estética en lo que con anterioridad solo era aversión. Y Suiza seguía siendo un país de campesinos pobres, cuyo único atractivo era, ahora, su paisaje y su pintoresquismo.



¿Qué había producido ese cambio de mentalidad? Europa había atravesado un cuarto de siglo de guerras y convulsiones sociales, desde la Revolución francesa hasta el fin de las guerras napoleónicas en 1815. Es el momento del Romanticismo, la tendencia que sigue al Clasicismo y que se puede distinguir como el predominio del sentimiento sobre la razón, mientras que en el Clasicismo la razón predomina sobre el sentimiento. En gran medida es una reacción contra las ideas imperantes en el siglo anterior que habían dado lugar a tantos desastres, aunque hunde en él sus raíces. Ya Rousseau había afirmado que “el sentimiento cuenta más que la razón”. Goya, racionalista, parece vacilar en sus aguafuertes y, en concreto, en su El sueño de la razón produce monstruos. Hölderlin diría “El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona” y, “Siempre que el  hombre ha querido hacer del Estado su cielo, lo ha convertido en su infierno”. En el Romanticismo se revolucionarán los gustos del siglo anterior. Ya no se considerará a la religión y a la arquitectura de siglos pasados como reliquias de tiempos supersticiosos y bárbaros (Voltaire), sino que se volverá a la religión y al gótico como expresión de anhelo cósmico, a las ruinas góticas en lugar de las greco-romanas, a las leyendas medievales y a la naturaleza.

Caspar D. Friedrich
El cementerio de la abadía bajo la nieve, 1819

En la frase reproducida de la viajera mencionada al principio, se encuentra la palabra sublime. En el Romanticismo se generaliza el uso del concepto de lo Sublime como categoría estética frente a lo Bello del siglo de la razón, aunque dicho concepto hunda sus raíces en siglos anteriores, empezando por la obra Sobre lo sublime del retórico griego Longino (siglo I ?): lo sublime sería una elevación o excelencia en el lenguaje, una grandeza que muestra los poderes del orador capaz de llevar al espectador a un éxtasis, un entusiasmo y un punto más allá de su racionalidad. El concepto se redescubre en los siglos XVI y XVII, también con sentido retórico, como lo que eleva, rapta, transporta y se dirige al sentimiento más que a la razón. Pero fueron los ingleses de comienzos del XVIII, los que ampliaron el concepto de lo sublime de lo retórico a lo general, trasladándolo del lenguaje a la imagen, relacionando la belleza con la pasión y, por tanto, con la imaginación, la grandeza y la singularidad. Fue Burke quien describió lo sublime como un temor controlado que atrae al alma, presente en cualidades como la inmensidad, el infinito, el vacío, la soledad, el silencio; un temor y un asombro sin peligro; en suma, la atracción del abismo que implica un placer estético frente al amor sin deseo de lo Bello. También Kant investigó el concepto de lo sublime (Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime y Crítica del juicio, 1790), definiéndolo como lo que es absolutamente grande o sólo comparable a sí mismo, lo cual vendría a sobrepasar al contemplador causándole una sensación de displacer, dándose únicamente en la naturaleza ante la contemplación acongojante de algo cuya medida sobrepasa nuestras capacidades. Para lo que la belleza es forma, finito y limitado, para lo sublime es informe, infinitud. Más tarde  Schiller (Sobre lo sublime, 1801) y Schopenhauer (El mundo como voluntad y representación) también teorizarán sobre lo mismo.

Turner. Aníbal cruzando los Alpes

El siglo XIX se puede denominar el siglo del Naturalismo o, con más propiedad, el siglo de la naturaleza, y el arte del paisaje se torna completamente independiente, sin figuras ni elementos moralizantes como el siglo clasicista anterior, en los que la idea básica que domina todo el arte y también la pintura paisajista son los aspectos arquitectónicos y escultóricos de la naturaleza, el paisaje sereno, ordenado, así como los aspectos heroicos, arcádicos o idílicos, un reflejo de la grandeza del ser humano en confrontación con la Naturaleza. Pero, en el Romanticismo las montañas habían ido tomando el puesto de las llanuras como motivos principales de la pintura. El elemento más constitutivo del paisaje romántico es lo infinito, lo inmensurable, mientras en el Clasicismo ese sentimiento estuvo disciplinado y limitado. En el paisaje romántico se intenta representar la grandeza, la expansión y la inmensidad de los elementos hallados en la naturaleza: es una actitud nueva del género humano, más activa frente a las cosas espirituales, y el ser humano es relegado a un papel puramente contemplativo, con lo que se hace más perceptible la voz de la naturaleza y, sobre todo, el silencio de ésta. Se podría hablar de una religión de la Naturaleza.

Así, pues, los Alpes suizos se posicionarían principalmente como escenario de la nueva mentalidad, por sus paisajes abiertos e infinitos, con sus bosques de altos abetos escalando murallas rocosas sobre valles profundos, sus cascadas despeñándose desde cientos de metros y, más arriba, infinitas montañas cubiertas de nieve con sus picos perforando las nubes. Un paisaje gótico, llamado así por el predomino de líneas verticales sobre las horizontales. Los artistas acertarían a hacer patente en sus obras el espíritu de los tiempos (Zeitgeist). Exponente del nuevo arte es el pintor alemán Caspar David Friedrich, caracterizado por nieblas a orillas del mar, bancos de nubes al atardecer, crepúsculos en montañas y bosques, brumas invernales, pero todo en un marco de tristeza dentro del drama del silencio que pesa sobre el alma. Triste como la  música de Schubert. Pero capaz de responder al anhelo romántico de abarcar el universo que Novalis proclamó: “el alma individual debe adquirir una armonía con el alma del mundo”.

Caspar D. Friedrich.
Caminante sobre un mar de nubes.

El alpinismo, palabra derivada de Alpes, como es obvio, también surgió y evolucionó de forma simultánea a los procesos de cambio de mentalidad ya descritos, pero dando el salto de la contemplación al peligro, a la inmersión en el anhelo de contemplar el mundo desde lo inaccesible. Ya en 1786 se había escalado el Mont Blanc, pero, en Suiza, curiosamente en 1865, dos años después del mencionado tour a la cima del Rigi, se acomete la ascensión del Matterhorn (Cervino), desde Zermatt, por una expedición formada por tres ingleses, un guía de Chamonix, otro inglés que ya había intentado la ascensión varias veces y dos guías de Zermatt. Consiguieron alcanzar la cumbre sin saber que otra expedición dirigida por un famoso guía local, Carrel, atacaba la cima desde el lado italiano. Al volver, una caída de uno de los ingleses arrastró a sus otros dos compatriotas y a un guía, rompiéndose la cuerda de seguridad y despeñándose los cuatro a más de 1200 metros, bajo la mirada impotente de sus compañeros. La expedición de Carrel, por su parte, alcanzó la cumbre tres días más tarde. Sorprende la comparación entre los medios de escalada rudimentarios de los que disponían aquellos pioneros y los de los modernos alpinistas.

Matterhorn (Cervino)

La Suiza moderna no era ni siquiera soñada entonces. Incluso se pudiera pensar que la existencia de la propia Suiza se debió a las condiciones geográficas poco atractivas para los Imperios circundantes. Entonces no existía ni la gran industria relojera, ni los quesos, ni la industria farmacéutica, ni la pesada, ni la financiera, ni sus grandes ciudades. Pero, que duda cabe que el turismo y los nuevos medios de comunicación hicieron de Suiza lo que es: un destino imprescindible para los que visitan Europa desde otras partes del mundo, ansiosos de contemplar sus paisajes mitificados. Turismo también diversificado: paisajístico, de senderismo, de montañismo y alpinismo en verano, y de esquí en invierno, ayudado por un sinfín de medios diferentes de transporte: trenes convencionales, de cremallera, funiculares, remontes de todas clases como teleféricos, telecabinas, telesillas … Medios de transporte orgullosos de batir marcas, como el funicular más empinado del mundo en el Monte Pilatos en Lucerna, o el célebre ferrocarril de la Jungfrau, concluido épicamente en 1912, que reptando por la pared norte del Eiger y del Mönch, medio en túnel medio a la intemperie, alcanza la estación más alta de Europa a 3454 m al pie del Jungfrau, y salva un desnivel de 1393 m en un trayecto de 9,3 km.

Itinerario de la Jungfrau hasta Jungfraujoch (línea negra)

Los Alpes suizos tienen principalmente dos localidades que concentran a los visitantes atraídos por las mayores cumbres de la cordillera. Una es Interlaken, al pie de los Alpes berneses en su cara norte, atravesada por el río Aare, desde la que se contemplan picos como el Finsteraarhorn (4275 m), el Aletschhorn (4182 m), el Eiger (3975 m) o el mítico Jungfrau (4166 m). Otra es Zermatt, en un valle al pie del macizo que forma frontera con Italia, con cumbres como el Monte Rosa (4634 m), el Weisshorn (4515 m), el Matterhorn o Cervino (4477 m) o el Grand Combin (4314 m). Otras localidades en los Alpes réticos son también famosas por otros motivos, como Davos, inmortalizada por Thomas Mann en su Montaña mágica, y hoy también conocida por sus “cumbres” de jefes de Estado; o Saint Moritz, famosa estación de esquí, ambas en el extremo oriental de los Alpes suizos.

Espectaculares visiones proporcionan la Garganta del Aare, de paredes verticales impresionantes, de 200 m de profundidad, cavada por el Aare a medio camino entre Interlaken y su nacimiento cercano al Paso Furka. Desde éste se puede admirar el glaciar donde nace el Ródano y el valle donde nace el Rin. Más espectacular es la visión del Glaciar de Aletsch, situado en la cara sur del macizo del Jungfrau, el más grande de los Alpes con 23 km de longitud y declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Imponente resulta la cascada de Trümmelbach, cuyas aguas procedentes del Eiger, el Mönch y el Jungfrau perforan la roca verticalmente, creando por erosión un tubo irregular de unos 140 m, por el que se despeñan con ruido ensordecedor.

Glaciar de Aletsch

Otro lugar de cierto interés, por sus reminiscencias literarias, es la cascada del Reichenbach, tributario del Aare, de 120 m de altura y accesible con un funicular. Es famosa porque en ella situó Conan Doyle la lucha de Sherlock Holmes con su archienemigo Moriarty, despeñándose ambos y desapareciendo tragados por el torrente. Parece ser que Doyle estaba cansado de su personaje, pero debido a la presión de sus lectores y de sus editores, decide resucitarlo. En otra historia posterior el único despeñado es Moriarty y Sherlock sigue con sus aventuras. No parece que tuviese Conan Doyle muchos escrúpulos en resucitar a Sherlock Holmes ya que era un ferviente espiritista, dedicado a las investigaciones “psíquicas”. Sobre todo después de la muerte del hijo en la Gran Guerra. Doyle afirmaba haber hablado con él y con otros familiares fallecidos en sesiones con médiums. Es sorprendente la credulidad de una persona inteligente, médico culto, capaz de crear un personaje maestro en la observación, la inferencia y la deducción, pero en una época en que abundaban los magos ilusionistas, como Houdini, y cuyos trucos y efectos contribuían al fraude de las sesiones espiritistas. Ejemplo de acomodo mental a las ideas imperantes de su época.      

Cascada de Reichenbach
     
 
Sherlock Holmes
luchando contra Moriarty

Doscientos años después de los primeros viajeros románticos, constatamos que el llamado turismo de masas se ha enseñoreado de Suiza y la huella humana sobre el territorio es algo más que palpable: carreteras y ferrocarriles en medio de una naturaleza domesticada, líneas de alta tensión que saltan valles profundos, remontes de todo tipo que cruzan el paisaje en todas direcciones, miríadas de nuevas casas de madera salpicando las laderas verdes del fondo de los valles… Apenas hay campo visual libre de obstáculos salvo que el ojo se eleve lo más cerca de las cumbres. Hace falta un gran esfuerzo de abstracción para obtener una visión menos contaminada. Y todo en medio de multitudes de turistas de todo el planeta, destacando los asiáticos, chinos, japoneses, coreanos e indios, pululando en tiendas de relojes y navajas suizas, ropa deportiva y souvenirs carentes de gracia. Como en cualquier atracción de renombre en cualquier lugar del mundo. Es el signo de los tiempos.