Confuto, latín, "refutar, convencer, rebatir"
Confutación, "impugnación convincente de la opinión contraria"
(en el prólogo de la 1ª parte de El Quijote)

lunes, 9 de septiembre de 2013

TARZÁN DE LOS MONOS

El tema puede parecer frívolo, pero, su crítica, tal vez no. De adolescentes (en determinada geografía y muchas décadas atrás) leíamos a Tarzán. Los que lo hacíamos despreciábamos a los que veían solamente sus películas. Estaba mal, pero, tenía su fundamento: el más conocido Tarzán del cine era un tipo bobalicón, que apenas articulaba dos palabras (yo Tarzán, tú Jane), con una compañera "poquita cosa" y un chimpancé por mascota. El protagonista debía todo su mérito a haber sido campeón de natación en su vida real. De hecho, el principal numerito era matar al cocodrilo en su medio. Pero, el Tarzán de los libros era otra cosa… eran novelas (24 volúmenes) llenas de imaginación, sin pretensiones literarias, con una lectura fácil y vertiginosa, que ahora, con gustos literarios más pulidos, nos parecen muy simplonas. El protagonista era un sujeto con dominio de varios idiomas, aparte de su facultad para comunicarse con todo tipo de fieras, y con capacidad de aprender en poco tiempo el idioma de las civilizaciones perdidas con las que entraba en contacto. Eso era lo más emocionante: esas civilizaciones perdidas, que, cómo no, estaban en un continente inmenso, el africano, bastante inexplorado por aquélla época, y conocido sólo a través de libros y revistas. Estamos hablando de 1914 (a punto de cumplirse 100 años), cuando se publicó en libro Tarzán de los monos (Tarzan of the Apes) del escritor norteamericano Edgar Rice Burroughs (escritor prolífico también en ciencia ficción). Solo en 1984 el cine se redime, con una película protagonizada por Christopher Lambert y dirigida por Hugh Hudson, que resulta bastante fiel a la historia original.

                                                 

Por entonces, año de su publicación, el Imperio británico estaba casi en su apogeo. África ya se había repartido entre las Potencias en la Conferencia de Berlín de 1885, en la que Alemania se había reservado su buena porción. Con el resultado de la 1ª guerra mundial, el África colonial alemana pasa a los vencedores e Inglaterra hereda buena parte de la misma con la “tutela”, por mandato de la Sociedad de Naciones, de parte de Togo y de Camerún y Tanganika, y que, con Francia, se reparte prácticamente el continente africano, salvo el Congo Belga, las colonias portuguesas e italianas y poco más. África seguía siendo en gran parte desconocida, incendiando la imaginación de los lectores de todo el mundo, como otros sitios inexplorados del planeta (cada vez menos), y las novelas de aventuras con su punto esotérico, basadas en ese continente, eran éxitos seguros. Eran la alimentación juvenil de aquellas épocas. Anotemos al escritor H. Rider Haggard y su famosa Las minas del rey Salomón (1885), con el aventurero Allan Quatermain y otras de la saga. No hacía mucho que las famosas exploraciones de África habían tenido lugar (a lo largo del  siglo XIX), y aún se guardaba en la memoria las incursiones de Burton y Speke y sus rivalidades (1858-62), en busca de las fuentes del Nilo Blanco y las míticas Montañas de la Luna, ya mencionadas por Ptolomeo: exploraciones auspiciadas por la Sociedad Geográfica de Londres (tapadera para la expansión colonial del Imperio). También, las correrías del predicador Livingstone por el Zambeze y los lagos Nyassa y Tanganika (1848-72), y el viaje, en busca de Livingstone, del periodista americano Stanley (1872).

           
                                       

Junto al apogeo del Imperio británico, estaba su fe en su misión al frente de la civilización, rescatando a los pueblos “inferiores” de su atraso y llevando el progreso a todos los rincones del planeta, como una nueva Roma civilizadora. No olvidemos, de paso, la creencia, más o menos difusa, de todos los pueblos nórdicos, en aquella época, en su superioridad racial, incluyendo a los anglosajones. No cabe duda de que Burroughs era un buen anglófilo, y todo ello explica el trasfondo del personaje de Tarzán. Veamos. La primera novela de la serie y clave de las demás, narra el viaje de John Clayton, hijo de Lord Greystoke, que, en compañía de su reciente esposa, naufraga en las costas occidentales de África, siendo los únicos supervivientes. Llegados a la costa, construyen una cabaña en los árboles con los restos del naufragio, y allí la mujer da a luz a un niño, a resultas de lo cual fallece, dejando al inconsolable marido con un recién nacido. La situación se presenta poco halagüeña y, de hecho, empeora, ya que un grupo de grandes simios aparece de pronto, matando al hombre. Cuando está a punto de sucederle lo mismo al bebé, una hembra de simio que arrastra a su bebé muerto, se hace cargo del recién nacido, amamantando y criando a la criatura a partir de ese momento (la idea no es nueva, en el Libro de la Selva de Rudyard Kipling, 1894, Mowgly es amamantado y criado por lobos). No sabemos de qué clase de simios se trataba, ya que en el planeta sólo existen tres grandes simios, el gorila, el chimpancé y el orangután (este último en las selvas de Indonesia). Por la descripción parecen tener el tamaño del hombre pero capaces de desplazarse de rama en rama como un chimpancé. Contradicciones que siempre fueron difíciles de llevar a la pantalla.


                                    

Y aquí empiezan los problemas, porque es poco probable que alguien sobreviviera en semejantes condiciones. Nadie daría un duro por un ser desnudo, amamantado por un simio, en un ambiente húmedo y malsano como una selva tropical. Pero, en el supuesto de que sobreviviese, crecería raquítico, comido de parásitos, con las conexiones neuronales poco adecuadas a adaptarse a una vida civilizada y a tener don de lenguas, y, desde luego, poco apto para alzarse sobre los demás miembros de la especie adoptiva. En cambio, tenemos a un ser humano magnífico, atlético y sano y con una mente desarrollada como si hubiese terminado sus estudios en Oxford. Hasta es capaz de leer gracias a un juego de figuras y letras que su progenitor había rescatado del naufragio y que ha estado consultando en sus visitas a la cabaña abandonada. La novela hace filigranas en la descripción del proceso cognitivo. Y éste es el meollo y moraleja de la cuestión: cómo, un individuo, en medio de las adversidades y peligros de la naturaleza salvaje y, adornado de los mejores instintos y nobleza de carácter, es capaz de vencer a aquélla y alzarse como Señor de las Fieras, gracias a su herencia genética civilizada y, por supuesto a sus antecesores británicos de noble cuna. Y si no, vean esta perla. En determinada novela, el protagonista ve en peligro a un niño que está a punto de sucumbir a manos de una fiera, y aquél acude en su ayuda, describiendo el autor, así, la situación:

“ …el pequeño se encontraba acorralado por la fiera y sin escape ni salida posible. Las primitivas leyes de la selva, que habían guiado y gobernado la juventud de Tarzán de los Monos, no le empujaban a aceptar la responsabilidad que suponía asumir el papel peligroso de salvador, pero en sus venas había ardido siempre la llama caballeresca de los grandes señores, legado de sus antepasados ingleses, que le empujaba a arriesgar con frecuencia su propia vida por salvar la de los demás.”

¿No es deliciosa esta mezcla de ingenuidad y arrogancia?

Era una época en la que las clases altas inglesas iban a África a cazar a todo aquello que se moviera. Sorprende que quedara algún león vivo. No había piedad para con un recurso que en esa época parecía inacabable. Por lo que sorprende, en el autor, cierta anticipación, con matices, por una sensibilidad ecológica que tardaría en llegar, en sintonía, por cierto, con Kipling, en la humanización de los animales y en la hostilidad de la naturaleza sólo para aquellos incapaces de comprenderla.

No sorprende que el personaje tuviera tanta fortuna, porque representaba, en el fondo, la mentalidad dominante de una época y, en concreto, de un Imperio, que, finalmente, domeñaba a la naturaleza con éxito, incluyendo en la naturaleza a todos esos pueblos primitivos que merecían ser salvados por el Progreso. Todas las épocas tienen sus iconos y, no se dude, las actuales también, que son, en el fondo, concreción propagandística, no necesariamente consciente, de ideas o intereses dominantes, por muy inofensivas que parezcan. Cuanto más inofensivas más eficaces. Y una conclusión paradójica: sigan leyendo a Burroughs.

lunes, 2 de septiembre de 2013

EL JUSTICIERO

Charles Bronson es un tipo duro del cine. Sus facciones prominentes y sus rasgos atezados hubieran podido encasillarlo fácilmente dentro de papeles de villano. Sin embargo, no ha sido así. Como rudo vaquero, indio perseguido e indómito, pacífico ciudadano o policía honesto, casi siempre ha encarnado al paciente individuo que asiste, en carne propia o ajena, a los abusos de grupos o individuos, que, confundiendo bondad o educación con debilidad, se encaraman sobre los derechos ajenos, pisoteándolos sin piedad, humillando y escarneciendo a sus víctimas. Hasta que, a fuerza de tirar de la soga, ésta se rompe, cruzándose así una línea roja en virtud de lo cual, el paciente protagonista, sin apenas alterarse, pasa a la acción. Busca armas, que aparecen como por ensalmo, y empieza a “hacer justicia”. Los indeseables encuentran, pues, lo que merecen, con regocijo general de los espectadores, que han asistido hasta entonces, impotentes, a las fechorías de los malos.

Una ambientación típica de estas películas es la que transcurre en una ciudad norteamericana venida a menos, cuyo centro medio abandonado, con solares vacíos, casas derruidas o deterioradas, es habitada únicamente por personas empobrecidas o jubilados que malviven con sus insuficientes pensiones (situación real de muchas ciudades americanas: ver el blog del 23 de julio de 2013). Ese centro está tomado por pandillas de drogadictos que hacen la vida imposible a los indefensos habitantes, incendiando, saqueando y hasta matando, con la total ausencia de la policía, hasta que nuestro protagonista, generalmente un ex marine, va hasta un baúl escondido y empieza a sacar armas de todo tipo: pistolas, fusiles, granadas de mano y hasta lanza granadas, y, municionado así, empieza a liquidar delincuentes de forma masiva, poniendo en fuga a los pocos supervivientes. A veces se queda con la chica y colorín colorado …


Este tipo de películas se pueden catalogar como detestables desde el punto de vista cinematográfico, pero su incansable repetición monotemática, con sus múltiples variantes, parece revelar un deseo de satisfacer a un público que, de alguna forma, se ve reflejado o ve reflejada su realidad circundante. Una realidad que denota pobreza, delincuencia e impunidad. Este público sufre, pues, una especie de catarsis, descargando así sus frustraciones y volviendo a su casa reconfortado. Si bien la realidad no ha sido alterada, por lo menos en la pantalla se ha “hecho justicia”. No se trataría pues, de un ejercicio de violencia gratuita, de sed de sangre, como en el circo romano, de unos espectadores que vibran con los muertos y los tiros, como en principio pudiera pensarse, sino, tal vez, de unos espectadores ansiosos de que triunfe el bien sobre el mal, cosa difícil de ver en sus vidas cotidianas.

                          

Otro personaje de éxito es el policía Harry Callahan que encarna Clint Eastwood, que, saltándose muchas veces los procedimientos burocráticos, liquida a los delincuentes por la vía expeditiva, eso sí, en defensa propia, con gran enfado de su inepto jefe y del político de turno responsable de la policía, que representan el contrapunto al eficaz agente . Hay que decir que los personajes son simples y arquetípicos: el policía es muy íntegro, el jefe de policía muy tonto, el político muy corrupto y el delincuente muy malvado, de modo que el espectador no alberga ninguna duda ni remordimientos al respecto.

¿Qué consecuencias se pueden sacar de estas anécdotas cinematográficas? Trasladándonos a coordenadas más cercanas, ¿con qué nos encontramos o, por lo menos, cual es la apreciación del ciudadano de lo que sucede? El ciudadano percibe una casi total impunidad en la represión de los delitos. Y la impunidad es la madre de todos ellos. En una sociedad civilizada, se dice, el ciudadano debe delegar su seguridad en las instituciones dedicadas a velar por ella, como la policía, los jueces y los legisladores, pero, demasiado a menudo, observa cómo esa cadena falla estrepitosamente, por uno o por todos sus eslabones. Los delincuentes son puestos con demasiada frecuencia en libertad, con o sin cargos, esperando juicios que se eternizan, y volviendo a cometer uno o cien delitos más. Los jueces dictan sentencias inexplicables, con general escándalo. Los legisladores no actualizan las leyes ni las sanciones. La policía, aparte de sus propias ineficiencias, se desmoraliza al constatar la inutilidad de sus esfuerzos. En resumidas cuentas, el Sistema hace aguas por todas partes, y la causa de ello puede que se deba a razones ideológicas persistentes en el tiempo que impiden que el sentido común se imponga.

                                  

El actual estado de pensamiento parece derivarse de una concepción roussoniana de que el hombre es bueno por naturaleza y la sociedad lo pervierte, pensamiento promovido de forma simplista por ideologías que se han posicionado a la vanguardia de ciertos movimientos sociales, por lo que predomina una concepción de la represión del delito basada en la regeneración del delincuente, ya que en el fondo la sociedad habría tenido la culpa de su comportamiento. Eso llevaría, de forma natural, a una permisividad tanto en la enseñanza de lo que es correcto o incorrecto, como en las sanciones por el incumplimiento de las leyes. La cuestión no es baladí. Ya en el siglo V a.c., en la Atenas de Pericles, el filósofo sofista Protágoras tenía una visión diferente: el hombre es malvado por naturaleza y únicamente la sociedad, por una cuestión utilitarista, puede redimir al hombre de su perversión: la virtud puede ser aprendida y, por tanto, debe ser enseñada. Para ello, el argumento fundamental es el castigo del culpable, que solo tiene sentido para evitar una venganza irracional. En Platón, Diálogos, Protágoras, 324 a, b se lee:

...Porque nadie castiga a los malhechores prestando atención a que hayan delinquido o por el hecho de haber delinquido, a no ser que se vengue irracionalmente como un animal. Pero el que intenta castigar con razón no se venga a causa del crimen cometido  (pues no se lograría hacer que lo hecho no haya acaecido), sino con vistas al futuro, para que no obren mal de nuevo ni éste mismo ni otro, al ver que éste sufre su castigo. Y el que tiene ese pensamiento piensa que la virtud es enseñable. Pues castiga a efectos de disuasión...

Y esta es la clave, no se debe castigar como una purificación del daño anterior, sino como medida disuasoria. Vemos que casi 2500 años más tarde la polémica sigue en pie.

Pero, cuando el Sistema falla y sigue empeñado en advertir a los ciudadanos a renunciar a la legítima defensa, cuando parece proteger más a los delincuentes que a las víctimas, puede surgir la tentación de “tomarse la justicia por su mano”. Y aquí llegamos al meollo de la cuestión, ¿sería lícito, en esas circunstancias extremas, semejante conclusión, o debe dejar el ciudadano que lo sigan humillando, vejando y hasta matando como a un cordero indefenso y, en todo caso, refugiándose en el cine como evasión a sus problemas? No olvidemos que siempre que haya indefensión habrá alguien dispuesto a aprovecharse de ella. O el Sistema vuelve a funcionar o vendrán malos tiempos.